DE LA HISTERIA AL CUERPO DE LA PULSIÓN: EL PARADIGMA FREUDIANO

FROM HYSTERIA TO THE BODY OF THE PULSE: THE FREUDIAN PARADIGM

Leonardo Rafael Mass Torres  (Colombia)

leonardomass@gmail.com

Artículo


Recibido: 17/06/2017

Aprobado: 05/07/2017



RESUMEN: Este artículo corresponde a una reflexión teórica sobre el cuerpo en la histeria con base en los aportes de Sigmund Freud. El descubrimiento del cuerpo supuso con los síntomas de la parálisis histérica la existencia de otro tipo de anatomía corporal, y a la que fue necesario estatuir como campo independiente de la medicina: el cuerpo debe a la pulsión su singularidad; la excitación sexual que impone al psiquismo sus vicisitudes subjetivas. La histeria es la neurosis que condicionó el nacimiento del psicoanálisis, y a la vez, posibilitó afrontar al cuerpo como uno de sus problemas clínicos primordiales. Desde esta perspectiva, el cuerpo que enseñó la histeria (cuerpo ejemplar como lugar del síntoma) es fundamento del paradigma freudiano. 

PALABRAS CLAVE: Histeria, psicoanálisis, cuerpo, pulsión.

ABSTRACT: This article responds to a theoretical review about the body in the hysteria based on Sigmund Freud contributions. The discovery of the body demonstrated with the symptoms of the hysterical paralysis the existence of another type of corporal anatomy, which was necessary to stablish as an independent field of medicine: the body gets the singularity from the drive; the sexual excitation enforce to the psychic the subjective vicissitudes. The hysteria is the neurosis that condition the psychoanalysis appearance, and at the same time, gave the possibility to face up the body as a primordial clinical problem. From this perspective, the body that the hysteria shown (body as a model of the place of the symptom) is the basics of the Freudian paradigm. 

KEYWORDS: hysteria, psychoanalysis, body, drive 

INTRODUCCIÓN

El cuerpo acude como tema relevante del estudio del ser humano; el psicoanálisis supo reconocer esto, al considerar que, desde sus inicios, el cuerpo vino a ser un problema destacado de su campo: específicamente con la histeria, cuyos “(…) estados se consideraban mera simulación y exageraciones, y por consiguientes indignos de la observación clínica.” (Freud, 1888, p. 45). Lo que para la medicina fue objeto de rechazo, para el psicoanálisis representó la oportunidad de incursionar en el campo de lo psíquico. 

El cuerpo justifica su importancia clínica con relación a la vida infantil del ser humano, con las marcas experienciales que le subjetivizan; se sabe al respecto, del patrimonio de huellas mnémicas que influyen en la conformación de lo que Freud dio en llamar el aparato anímico “(…) al que atribuimos ser extenso en el espacio y estar compuesto de varias piezas (…) semejante a un telescopio, un microscopio (…)” (Freud, 1940a [1938]), p. 143). Concebir lo psíquico partiendo de los supuestos de un “aparato”, cumple un propósito clave al destacar la influencia de la pulsión como fuerza endógena primordial que impone a lo psíquico un esfuerzo perpetuo en pro de la satisfacción: Un estudio a fondo de las manifestaciones sexuales de la infancia nos revelaría probablemente los rasgos esenciales de la pulsión sexual, dejaría traslucir su desarrollo y mostraría que está compuesta por diversas fuentes. (Freud, 1905a, p. 157).

Es en el ámbito de la vida infantil donde las pulsiones del sujeto forjan, por decir así, otro tipo de “anatomía corporal” por sobre las consideraciones orgánicas. Si la clínica es la que permite al psicoanálisis aseverar los fundamentos psíquicos conexos a la vida infantil y patrimonial de la subjetividad, es asunto que también compete al cuerpo: puede decirse que no hay cuerpo sin psiquismo. ¿Cómo justificar con lo dicho el cuerpo en psicoanálisis? La importancia de la histeria acorde con el descubrimiento del cuerpo, tiene sentido con el papel que cumple la sexualidad pulsional y sus vínculos con la subjetividad. Para esto, es importante saber cómo las vivencias traumáticas de los enfermos revelaron a Freud el contenido oculto de la neurosis. 

Mientras más cuidado se ponía en rastrearlas, tanto más abundantemente se revelaba el encadenamiento de impresiones de esta clase, de importancia etiológica, pero tanto más se remontaban también hasta la pubertad o la infancia del neurótico. Al mismo tiempo iban cobrando un carácter unitario y, por fin, fue preciso rendirse a la evidencia y reconocer que en la raíz de toda formación de síntoma se hallaban impresiones traumáticas procedentes de la vida sexual temprana. Así el trauma sexual remplazó al trauma ordinario, y este último debía su valor etiológico a su referencia asociativa o simbólica al primero, que lo había precedido. (Freud, 1923[1922], p. 239)

Por otro lado, el nuevo sentido revelado por esta clase de vivencias clínicas llevó a Freud a modificar como hipótesis el trauma de la seducción por el de la fantasía; otro modo de decirlo, es que con el surgimiento del plano psíquico que subyace a los síntomas en la escucha psicoanalítica la sexualidad adquiere una nueva connotación. Desde este punto de vista, Freud se dirige ahora a considerar la constitución psíquica de sus pacientes y mostrarse a favor de una nueva etiología de los síntomas clínicos. 

De esta manera, el psicoanálisis supo identificar el cuerpo al reconocer la dimensión erógena de la pulsión que conmina con la vida psíquica de los sujetos. El cuerpo refleja los conflictos psíquicos tal y como le revelaban a Freud los síntomas histéricos; pero, ¿Por qué plantear el cuerpo del psicoanálisis a partir de la histeria? La histeria enseñó al psicoanálisis que en el plano corporal se trasponen procesos psíquicos (complejos, fantasías, pensamientos, etc.) que contravienen a los procesos orgánicos. 

(…) Yo opino que el médico no solo ha contraído obligaciones hacia sus enfermos como individuos, sino hacia la ciencia. Y decir hacia la ciencia equivale, en el fondo, a decir hacia los muchos otros enfermos que padecen de lo mismo o podrían sufrirlo en el futuro. La comunicación pública de lo que uno cree saber acerca de la causación y la ensambladura de la histeria se convierte en un deber, y es vituperable cobardía omitirla (…) (Freud, 1905b, p. 8) 

El viraje freudiano de la neurología al ámbito de lo psíquico tuvo definitivamente en el cuerpo su punto de referencia; más aún, con la histeria el cuerpo logró su estatuto paradigmático como objeto para la investigación y terapia psicoanalítica. 

La clínica de la histeria 

La “histeria” es un término que surge antes del psicoanálisis, y como señala Freud (1888): 

(…) Proviene de los primeros tiempos de la medicina y expresa el prejuicio, sólo superado en nuestra época, de que esta neurosis va unida a unas afecciones del aparato genésico femenino. En la Edad Media desempeñó un significativo papel histórico-cultural; a consecuencia de un contagio psíquico se presentó como epidemia, y constituye el fundamento real de la historia de las posesiones por el demonio y la brujería. Documentos de esa época atestiguan que su sintomatología no ha experimentado alteración alguna hasta el día de hoy. Su apreciación y su mejor inteligencia sólo se inician con los trabajos de Charcot y de la escuela de la Salpêtrière, por él inspirada. Hasta entonces, la histeria era la bête noire de la medicina; las pobres histéricas, que, en siglos anteriores, como posesas, habían sido quemadas en la hoguera. O exorcizadas, en la época ilustrada ya no recibieron más que el anatema del ridículo (…) (p. 45)

Con el estudio de la histeria, Freud incursiona en un nuevo campo clínico: los pacientes histéricos ofrecieron a la medicina un cuerpo inaprensible a su observación: “Asaz a menudo se ha atribuido a la histeria la facultad de simular las afecciones nerviosas orgánicas más diversas (…)” (Freud, 1893a [1888-93], p. 199). Por otra parte, “(…) la histeria se destacó del caos de las neurosis, se deslindó de otros estados de parecida manifestación y cobró una sintomatología que, aunque asaz variada, ya no permite ignorar por más tiempo el reinado de una ley y un orden.” (Freud, 1956 [1886], p. 13). La etiología de la histeria encuentra su justificación con la afección corporal de los procesos psíquicos al deparar (…) dificultades al sistema nervioso.” (Freud, 1940-41 [1892b], p. 190). Específicamente sus síntomas tomaban en muchos sentidos la forma de “(…) inervación corporal (…)” (Freud, 1893b, p. 41). Para citar el caso de la “parálisis histérica”, se tiene que esta no encontró eco diagnóstico con las “parálisis orgánicas”, de ser reducida al campo de la anatomía nerviosa médica:  

En primer lugar, no está sometida a la regla, constante en las parálisis cerebrales orgánicas, de que el segmento periférico es siempre más afectado que el segmento central. En la histeria, la espalda o el muslo pueden estar más paralizados que la mano o el pie. Los movimientos pueden llegar a los dedos mientras el segmento central está absolutamente inerte. No ofrece la menor dificultad producir artificialmente una parálisis aislada del muslo, de la pierna, etc., y con suma frecuencia es posible hallar en la clínica estas parálisis aisladas, en contradicción con las reglas de la parálisis orgánica cerebral. (Freud, 1893a [1888-93], p. 200)

Es claro que el modelo médico debió ceder este terreno a otro tipo de estudio; conforme a la histeria y su valor de “parálisis” singular, el cuerpo entro a ser objeto de las funciones psíquicas, puesto que, tal y como dice Freud: “(…) La parálisis histérica es también una parálisis de representación, pero de una representación especial (…)” (Freud, 1893a [1888-93], p. 200). Es así como tras la sintomatología histérica se puede pesquisar nuevos fundamentos clínicos:

(…) que la histeria se genera por represión, desde la fuerza motriz de la defensa, de una representación inconciliable; de que la representación reprimida permanece como una huella mnémica débil (menos intensa), y el afecto que se le arrancó es empleado para una inervación somática: conversión de la excitación”. (Freud, 1893b, p. 290 - 291)

Por un lado, el carácter “representativo” de la huella mnémica, y, por otro, el “afecto” incomparable como causa excitatoria y corporal; en palabras de Freud, esta última conlleva como síntoma a la “inervación somática”; el cuerpo se revela objeto de conflicto, de la representación, y para subrayar, de la excitación; ¿Cómo puede ser afectado, y, más aun, constituido el cuerpo? Confirmar que “(…) la histeria es ignorante de la distribución de los nervios (…)” (Freud, 1893a [1888-93], p. 206), implica considerar, además, “(…) que es la concepción trivial, popular, de los órganos y del cuerpo en general la que está en juego en las parálisis histéricas, así como en las anestesias, etc.” (Freud, 1893a, [1888-93], p. 207).

A propósito de la parálisis histérica, el hecho notable de suponer ahí el modelo corporal condicionante del psicoanálisis, radica, quizá en haber mostrado que “(...) las parálisis histéricas se acompañan de perturbaciones de la sensibilidad mucho más a menudo que las parálisis orgánicas. En general, ellas son más profundas y frecuentes en la neurosis que en la sintomatología orgánica.” (Freud, 1893a [1888-93], p. 203). Esto, reintroduce nuevamente la “excitación” para pensar la “sensibilidad”, no solo como un síntoma, sino, aquello, que, por ejemplo, pone en evidencia la perturbación a la que puede verse destinado el cuerpo: “(…) se sabe cuán frecuentes son en la histeria las anestesias absolutas, profundas, de las cuales las lesiones orgánicas sólo pueden reproducir un débil esbozo.” (Freud 1893a [1888-93], p. 201- 202).

Ahora bien, se va aproximando la histeria a los hechos clínicos del cuerpo al reconocer su “(…) capacidad psicofísica para trasladar a la inervación corporal unas sumas tan grandes de excitación.” (Freud, 1894, p. 52). Tal “capacidad psicofísica”, no hace más que llevar su tratado al papel que cumple la pulsión, que, tal como se anticipó, son fuerzas primordiales del aparato anímico. 


Con la pulsión, pudo esclarecerse que “(…) la histeria descansaba por completo en modificaciones fisiológicas del sistema nervioso, y su esencia debería expresarse mediante una fórmula que diera razón de las relaciones de excitabilidad entre las diversas partes de dicho sistema.” (Freud, 1888, p. 45). 

nes de excitabilidad entre las diversas partes de dicho sistema.” (Freud, 1888, p. 45).

Los aportes psicoanalíticos establecen que sí se parte del hecho de “(…) que sólo puede haber una sola anatomía cerebral verdadera, y puesto que ella se expresa en los caracteres clínicos de las parálisis cerebrales, es evidentemente imposible que esta anatomía pueda explicar los rasgos distintivos de la parálisis histérica.” (Freud, 1893a, [1888-93], p. 205). Por lo indicado, es vano pretender equiparar al cuerpo de la afección histérica con la anatomía cerebral; un síntoma de esta clase resulta “(…) por completo independiente de la anatomía del sistema nervioso, puesto que la histeria se comporta en sus parálisis y otras manifestaciones como si la anatomía no existiera, o como si no tuviera noticia alguna de ella.” (Freud, 1893a [1888-93], p. 206). Así las cosas, es como “(…) en todos los casos de parálisis histérica uno halla que el órgano paralizado o la función abolida están envueltos en una asociación subconciente provista de un gran valor afectivo (…)” (Freud, 1893a [1888-93], p. 208-209).

Son las “representaciones” y los “afectos” de la neurosis los que comprometieron a Freud (1896) a cuestionar que:

¿Quizás en la base de la reacción anormal frente a impresiones sexuales, con la cual los histéricos nos sorprenden en la época de la pubertad, se hallen de manera universal unas vivencias sexuales de la niñez que tendrían que ser la índole uniforme y sustantiva? (p. 201)

Y, más adelante decir: “(…)  como unas vivencias infantiles de contenido sexual sólo podrían exteriorizar un efecto psíquico a través de sus huellas mnémicas (…)” (Freud, 1896, p. 201). Es decir, que la causalidad de la neurosis habrá que establecerse en su constitución infantil para lo cual todo síntoma toma su sentido y desarrollo, con efectos permanentes a lo largo de la vida.

Al resolver las imprecisiones clínicas que tanto aquejaron a los médicos de la época, asumiendo la histeria como paradigma que no solo consagró históricamente el campo de los procesos psíquicos, sino, además, y como se ha sugerido, el descubrimiento del cuerpo mediante “(…) la suma de excitación” (Freud, 1894, p. 50), resulta justificable concebir lo corporal con relación a la influencia que ejerce la pulsión. 

CUERPO PULSIONAL

Se ha abordado el valor clínico de la histeria como impulso esencial al psicoanálisis, pero, además, de cómo el cuerpo integra desde un primer momento su práctica. Si este cuerpo se distingue plenamente de la “anatomía nerviosa”, es porque su constitución cobra independencia del discurso médico: para Freud (1940a [1938]) las pulsiones “representan {repräsentieren} los requerimientos que hace el cuerpo a la vida anímica.” (p.146). La pulsión responde a la función corporal, demuestra profundamente tanto su consolidación como efectos clínicos.

La solidaridad clínica que integran el cuerpo y la histeria, compromete a decir sobre esta que es “(…) donde resalta más nítidamente la significación de las zonas erógenas como aparatos colaterales y subrogados de los genitales (…)” (Freud, 1905a, p. 154). No es, por tanto, en la genitalidad ni en la susodicha anatomía nerviosa donde el cuerpo de la pulsión tiene lugar, para Freud: “Una buena parte de la sintomatología de las neurosis, que yo derivo de perturbaciones de los procesos sexuales, se exterioriza en perturbaciones de las otras funciones, no sexuales, del cuerpo.” (Freud, 1905a, p. 187). Al ser un cuerpo de la pulsión sexual, también es cierto que compromete, por lo ya indicado, su causación infantil:

(…) La vida sexual no comienza sólo con la pubertad, sino que se inicia enseguida después del nacimiento con nítidas exteriorizaciones (...) Es necesario distinguir de manera tajante entre los conceptos de “sexual” y de “genital”. El primero es el más extenso, e incluye muchas actividades que nada tienen que ver con los genitales (…) La vida sexual incluye la función de la ganancia de placer a partir de zonas del cuerpo, función que es puesta con posterioridad {nachträglich} al servicio de la reproducción. Es frecuente que ambas funciones no lleguen a superponerse por completo” (Freud. 1940a [1938], p. 150-151) 

Las zonas erógenas que implican el estatuto del cuerpo y su sexualidad, cuando allí se supone la participación de las pulsiones, en otras palabras, lo que se entiende por “excitación sexual” (Freud, 1940a [1938], p. 149), designa, que “entre los lugares del cuerpo de los que parte esa libido, los más destacados se señalan con el nombre de zonas erógenas, pero en verdad el cuerpo integro es una zona erógena tal.” (Freud 1940a [1938], p. 149). Al poner en este plano lo corporal con base en la “excitación sexual” de la pulsión, es el tema a destacar cuando afrontamos la consolidación psicoanalítica que contó con el estudio de la histeria, su ganancia como campo independiente a la hegemonía médica de la época; por tanto, puede entenderse que interesa la zona erógena en calidad de su “excitación”; otra manera, es que “(…) son las llamadas “pulsiones” del organismo: los representantes {Repräsentant] de todas las fuerzas eficaces que provienen del interior del cuerpo y se trasfieren al aparato anímico (…)” (Freud, 1920, p. 34). La “excitación” valida, por decir así, al cuerpo de la pulsión al resistir su incorporación al seno de la anatomía nerviosa y al reducto de la genitalidad. ¿Cómo se nos revela este cuerpo en su constitución?, ¿cómo podría especificarse?: se cuenta con “(…)  la “pulsión sexual” desde sus primeras exteriorizaciones en el niño hasta que alcanza la conformación final que se designa “normal”, y la hallamos compuesta por numerosas “pulsiones parciales” que adhieren a las excitaciones de regiones del cuerpo (…)” (Freud, 1910, p. 212).

Es la histeria, por tanto, una neurosis que ha demostrado que la clínica encuentra en el cuerpo su lugar de realización, ello supone a la pulsión como uno de sus importantes resortes; el aparato anímico, marcado por la huella mnémica.

Pero, además, por la “excitación” que parte de las zonas erógenas, son indicios que introdujeron el estudio del cuerpo por Freud.

 

Si el psicoanálisis debe a la histeria su incursión en el estudio de lo psíquico, ello trasluce las vicisitudes clínicas que marcó el descubrimiento del cuerpo como uno de sus problemas cruciales. 

 

DISCUSIÓN

Partir de los fundamentos clínicos de la histeria para entender el cuerpo como pionero en los desafíos que afrontó el psicoanálisis desde su comienzo, obliga a poner en primera instancia su justificación como problema crucial en el estudio de lo psíquico. La sexualidad que individualiza a los sujetos, su influencia en el acervo de sus experiencias que cuentan desde la infancia como patrimonio subjetivo; el choque de la medicina con el cuerpo de la histeria, empeñó a Freud por resolver sus causas: distinguir la sexualidad acusada a través de sus síntomas. 

Sin duda alguna, “(…) el psicoanálisis por una parte puso límites al abordaje fisiológico, y por la otra conquistó para la psicología un gran fragmento de la patología.” (Freud, 1913, p. 170). Con la diferencia entre el psicoanálisis y la medicina, se trató a esta última, consagrada a la “anatomía nerviosa” que encontró su límite con las “parálisis histéricas”, a las que precisamente Freud demostró con toda rigurosidad clínica. Hay que reconocer por su parte, al cuerpo de la “anatomía psíquica”, cuya excitación sexual contraviene al conocimiento médico. 

El nexo sexual de las funciones corporales a través de la pulsión compromete la “excitación” como uno de sus más cruciales fundamentos. Si, por un lado, se presentó la zona erógena como elemento integral en el problema freudiano del cuerpo, fue con el pretexto de dar con su nexo pulsional, que incorpora a su vez la excitación en el aparato anímico. Un síntoma como la “conversión”, pone, al descubierto que el nivel de alcance al que puede verse sometido el cuerpo tiene claramente sus raíces en lo psíquico. 

No se trata de reducir lo complejo que representa el tema del cuerpo solo con los principios freudianos de la histeria, se sabe de muchos otros aspectos que esto comporta; pero, si de reconocer con su estudio, el impulso necesario para haber virado a otros caminos que consolidarían al psicoanálisis: si se piensa en el síntoma de la “parálisis” histérica, este confronta los hechos recursivos de la anatomía nerviosa, que demuestra la parálisis solo a partir de los principios orgánicos, ¿Qué queda por fuera del campo médico? cuando hablamos de la afección histérica del cuerpo, es claro el papel preponderante de la sexualidad y sus vicisitudes subjetivas: la conformación de síntomas que develan las pulsiones que, al decir de algún modo, “parcializan” al cuerpo. El cuerpo tiene en la “excitación” sexual uno de sus puntos nodales clínicos; la relación así mismo del aparato anímico con lo corporal tiene su definición a través de las pulsiones como sus fuerzas mediadoras.

Pensar entonces, en el fundamento del “paradigma freudiano” para referir el modelo que concibe rigurosamente desde la clínica los procesos psíquicos del ser humano, tiene por contexto “(…) nuestra doctrina de la histeria, que es algo tan corpóreo.” (Freud, 1940 -41 [1892c], p. 183). Con base en la histeria pudo establecerse el cuerpo como tema trascendental del psicoanálisis; su interpelación clínica permitió fundamentar el estudio de las afecciones psíquicas, en este caso, la neurosis contó con el reconocimiento debido. El cuerpo vino a ocupar el lugar que compromete los conflictos psíquicos humanos. 

 


bibliografía

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