TERAPIA COGNITIVA DE LAS DROGODEPENDENCIAS: NUEVO ESTILO DE VIDA DURANTE LA DESHABITUACIÓN

COGNITIVE THERAPY OF DRUG DEPENDENCIES: NEW LIFESTYLE DURING DISHABITATION

PEDRO A. FERNANDEZ (MÉXICO)

fernandez.pedro@uabc.edu.mx

ARTÍCULO



RECIBIDO: 14/11/2016

APROBADO: 10/01/2018



RESUMEN: El presente artículo se realizó una revisión narrativa-sistémica de la Terapia Cognitivo Conductual de las Drogodependencias. Esto constituye una revisión de los postulados teóricos sobre los procesos emocionales, cognitivos y conductuales en las personas que consumen drogas. El recuento de las bases iniciales de la terapia cognitivo conductual nos permite reconocer el marco de referencia de la comprensión del fenómeno de las conductas adictivas, y por qué estas se perpetúan en los mecanismos psicológicos de la persona. Al igual que reconocer la eficacia de la que ha sido la terapia en rehabilitación de adicciones por excelencia. Si bien pueden surgir cuestionamiento epistemológicos, es innegable, su capacidad terapéutica, interpretativa y de intervención en la modificación conductual y reestructuración cogn temasitiva, incluido el cambio emocional emergente. El proceso de cambio de las conductas adictivas, la adquisición de nuevas conductas o la reevaluación de pensamientos resultan un objeto de estudio interesante, contiene elementos de relevancia tales como las actitudes, creencias, autoeficacia y sentimientos entre otros, que develan la complejidad de esta problemática y por tanto el nivel de experticia de las intervenciones psicológicas. Es de suma importancia poder conocer cómo, cuando, por qué y para que cambian las personas. 

PALABRAS CLAVE: Terapia Cognitiva Conductual, Drogodependencias, Conductas Adictivas

SUMMARY: The present article was carried out a narrative-systemic revision of the Behavioral Cognitive Therapy of Drug Addictions. This constitutes a revision of the theoretical postulates about the emotional, cognitive and behavioral processes in people who use drugs. The  initial bases of cognitive behavioral therapy allows us to recognize the frame of reference of the understanding of the phenomenon of addictive behaviors, and why these are perpetuated in the psychological mechanisms of the person. As well as recognizing the efficacy of what has been the therapy in addiction rehabilitation par excellence. Although epistemological questioning may arise, its therapeutic, interpretative and intervention capacity in behavioral modification and cognitive thematic restructuring, including the emergent emotional change, is undeniable. The process of changing addictive behaviors, the acquisition of new behaviors or the reassessment of thoughts is an interesting object of study, contains elements of relevance such as attitudes, beliefs, self-efficacy and feelings among others, which reveal the complexity of this problem and therefore the level of expertise of psychological interventions. It is very important to know how, when, why and for what people change.

KEYWORDS: Behavioral Cognitive Therapy, Drug Addictions, Addictive Behaviors 

INTRODUCCIÓN

De acuerdo al informe de las Organizaciones de las Naciones Unidades (ONU, 2014), Latinoamérica y Centroamérica se encuentran entre las regiones con menores tasas de prevalencia de consumo, en comparación a Asia, Estados Unidos y Europa. Sin embargo, las tendencias presentadas a lo largo de los años, muestran una elevación en el consumo interno y así mismo en la producción y comercialización. 

Según la Encuesta Nacional de Adicciones (ENA, 2011) en la República Mexicana existe una tendencia interna de aumento de consumo de cualquier droga y de drogas ilegales. A su vez, los datos no son alentadores para el caso de Baja California, pues se ubica en un tercer lugar regional de mayor consumo. En relación a la población, se observó que los hombres entre las edades de 18 y 34 años tienen las tasas de prevalencia más elevadas entre la población global y a su vez la población más expuesta al alcohol y otras drogas.

De acuerdo a un informe de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Drogas y el Delito (UNODC, 2011) se estima que un 5% de la población adulta de 12 a 65 años (230 millones de personas) en el mundo, consumieron alguna droga ilícita por lo menos una vez en 2010 mientras que en México en 2008, en el año previo al levantamiento de los datos fue de 1.6% (Villatoro, Medina-Mora, Bautista, Moreno, Robles, Bustos, Ito, Gutiérrez y Buenabad, 2011). En este mismo estudio se encontró que la prevalencia de consumo de “cualquier droga” alguna vez en la vida a nivel nacional fue de 7.8%, es decir, un crecimiento de 2,8% en comparación al año 2002. En referencia al consumo de cualquier droga ilegal, esté incrementó de 4.1% a 7.2%. Por último, se encontró un aumento de la prevalencia de “cualquier droga ilegal” pues paso de 5.7% a 10.6% (Villatoro et al, 2011). 

Estos datos epidemiológicos suponen un gran reto a nivel sanitario ya que deben ser tenidos en cuenta para el diseño, elaboración e implementación de lineamientos de las estrategias preventivas, de tratamiento y de la rehabilitación de las conductas adictivas desde la salud pública. 

Por otra parte, el DSM-V (2014) reconoce diez clases de drogas distintas: el alcohol, la cafeína, el cannabis, los alucinógenos, los inhalantes, los opiáceos, los sedantes, los hipnóticos y ansiolíticos, los estimulantes, el tabaco y otras sustancias. El grado de adicción que provocan estas sustancias depende de sus propiedades y efectos en el cerebro.

Las drogas suelen administrarse de diferente manera; pueden ser inhaladas (nicotina, cannabis, cocaína), ingeridas oralmente (alcohol, alucinógenos y sedantes), mientras que otras se introducen por vía nasal (cocaína en polvo e inhalantes). El uso de sustancias se vuelve problemático y requiere de intervención especializada cuando genera consecuencias adversas en el área social, profesional, legal, médica o interpersonal.

Desde el campo de las ciencias de la salud se ha diseñado y propuesto modelos que lleven a la comprensión de la salud y de la enfermedad, que permiten en primera medida comprender los aspectos individuales y colectivos que se desenvuelven en estas, y como segundo fin, la creación y propuesta de la intervención y el tratamiento. Un gran desafío para estos modelos es comprender como cambian las personas a favor de la salud y porque lo hacen. El cambio en los individuos es muy diverso, en su forma, en tiempo y en razones para hacerlo. Por ende, encontramos en la actualidad una gran diversidad de modelos terapéuticos que explican en sus supuestos la evaluación, intervención y tratamiento del comportamiento de manera distinta.  

Dentro de los modelos terapéuticos se encuentra el desarrollado por Aaron T. Beck de la Universidad de Pensilvania a comienzos de los años sesenta. Este psicólogo, inicialmente, dedicó gran parte de su vida de investigador a estudiar fenómenos afectivos, cognitivos y conductuales asociados a patologías psicológicas. Derivado de estos estudios desarrolló la Terapia Cognitiva (TC) como tratamiento para la depresión, este tipo de terapia se caracteriza por ser directiva, estructurada y breve, centrada en la problemática presente y destinada a dotar a la persona herramientas necesarias para resolver problemas actuales y a modificar el pensamiento y las conductas disfuncionales (Beck, 1964). El modelo cognitivo propone que todas las perturbaciones psicológicas tienen en común una distorsión del pensamiento, que influye en el estado de ánimo y en la conducta del paciente (Beck, 1995). 

El supuesto teórico de esta teoría es que la persona estructura el mundo en base a su percepción; la cual se ve influenciada por una serie de creencias y esquemas cognitivos que se han asimilado y acomodado en un proceso de aprendizaje previo. En base a esta información previa, la persona interpreta los hechos, situaciones o eventos que le ocurren. Es decir, la situación puede elicitar una serie de pensamientos y emociones que a su vez pueden traer consigo unas consecuencias. 

Sus fundamentos filosóficos se centran de los estoicos que veían a la razón como medio para dominar las emociones. Y dentro de sus fundamentos teóricos, se destaca inicialmente el conductismo a través del condicionamiento clásico de Pavlov y el condicionamiento operante de Skinner. Por otra parte, se fundamenta en la teoría cognitiva social de Bandura a partir del modelamiento o aprendizaje vicario. Este cuadro conceptual da importancia a los comportamientos observables y al procesamiento de la información. Además, existen otras líneas similares de terapia cognitiva que son igualmente valoradas, tales como la terapia racional emotiva  y las creencias irracionales de Albert Ellis propuesta en el año 1962, o la Terapia multimodal de Arnold lazarus del año 1976 y por último, la terapia de auotinstrucciones y distorsiones cognitivas propuesta por Meichenbaum en el 1991 (Beck 1995).

En cuanto a la TC, es considerada como un sistema de psicoterapia donde su fin es reducir las reacciones emocionales desproporcionadas y las conductas adversas, y esto se logra a través de la modificación del pensamiento erróneo y las creencias desadaptativas, que subyacen a estas reacciones (Beck, Wright, Newman & Bruce, 1999).

La TC emplea técnicas cognitivas y conductuales, con el fin de identificar los pensamientos y conductas problemáticas para reducir los síntomas y finalmente hacer una reestructuración de las creencias que le permita a la persona percibir de manera más realista las situaciones. Sus aplicaciones abarcan problemáticas como la depresión, trastornos de ansiedad, TOC, adicciones, fobias y trastornos alimenticios entre otros.  Este modelo de intervención cuenta con una gran comprobación empírica lo que le da solidez y valor científico (Chambless & Ollendick, 2001). Dentro de este paradigma, se distinguen tres modelos de intervención: el entrenamiento en habilidades sociales y de afrontamiento, la prevención de recaídas (PR) y la terapia conductual familiar y de pareja (Secades Villa & Fernández Hermida, 2001).

 


TERAPIA COGNITIVO CONDUCTUAL DE LAS DROGODEPENDENCIAS

De hecho, Aaron Beck y sus colaboradores centraron un particular interés en las conductas adictivas y en el año 1993 realizaron una nueva propuesta de la TC. La Terapia Cognitiva de las Drogodependencias (TCD) como fue concebida, se basa en la mayoría de los supuestos propuestos hasta la fecha de la TC, aunque, en esta ocasión considera las características propias de la problemática de consumo, su relevancia a nivel cognitivo (sistema de creencias) y las estrategias de intervención especializadas para tratar el consumo abusivo y dependiente de alcohol, tabaco y otras drogas.

Para Beck et al. (1999), la mayor parte de las personas consumidoras de drogas tienen unas características que las predisponen a realizar conductas adictivas. Algunos factores que estos autores identifican son: sensibilidad general a experimentar sentimientos desagradables, impulsividad, poca tolerancia a la frustración entre otros. En esta misma línea Peele (1989) señala que el uso compulsivo de sustancias psicoactivas depende de una gran variedad de factores sociales y per¬sonales. 

Entre otras cosas la TC afirma que las personas no son simples instrumentos ambientales, sino que construyen activamente su realidad. Menciona que existe una relación entre el pensamiento, las situaciones y las acciones del individuo, donde el pensamiento es el mediador entre la acción y la situación. Según la TC le subyacen a los trastornos psicológicos unos esquemas de formas erróneas de pensar que son habituales en la persona, formas que denominaron distorsiones cognitivas. Según Beck (1995) existen tres niveles de pensamiento, las creencias centrales o nucleares, las creencias intermedias y los pensamientos automáticos. En cuanto a las creencias centrales o nucleares, menciona que representa el sistema de creencias más profundo y rígido de los tres (3), y está caracterizado por sobregeneralizar la información. Estas creencias son tácitas y personales sobre el mundo, los demás y el sí mismo, que dan un significado personal casi imperceptible para la persona. Este significado proviene de las experiencias de la interacción con el mundo y otras personas. Este sistema cognitivo es de carácter emocional y no tanto racional, que puede estar activo constantemente y le da un valor de identidad a la persona. Por ejemplo, si una persona tiene una creencia que “es un mediocre” entonces la mayor parte de sus evaluaciones cognitivas estarán permeadas por esta creencia nuclear. En este caso, la persona filtra de forma selectiva la información que confirma su creencia, descartando información contraria a esta (Beck, 1995). De aquí, donde proviene sus distorsiones cognitivas. 

En relación a las creencias intermedias, se puede atribuir como un sistema de actitudes, reglas y asunciones sobre la cual reposa las creencias centrales. Es decir, es un esquema regulador entre el significado personal del sujeto y la identidad manifiesta cognitivamente hablando. Beck (1995) da por ejemplo como actitud una atribución personal: “Es terrible ser incompetente”, que a su vez actúa como regla: “Yo debo trabajar tan duro como pueda todo el tiempo”, y que finalmente termina provocando una asunción: “Si trabajo tan duro como pueda, yo podré hacer algunas cosas que otros pueden hacer fácilmente”. Este ejemplo nos ayuda a visualizar los mecanismos reguladores de las creencias intermedias sobre las creencias centrales, y que dan un significado, que a su vez otorga una norma de funcionamiento que permite predecir y ordenar las acciones correlacionadas al significado personal.

Por último, tenemos a los pensamientos automáticos, que no son más que los pensamientos espontáneos de los acontecimientos actuales, gracias a la activación de los esquemas de creencias centrales e intermedias debidas a un evento vital. Estos pensamientos se incorporan en la conciencia de la persona interfiriendo con el pensamiento racional en forma de “distorsiones cognitivas”. Son igualmente imperceptibles que los otros esquemas, pero son susceptibles a ser detectados a través del entrenamiento o por algún proceso metacognitivo. Estos pensamientos automáticos son la interpretación de las reglas, atribuciones y asunciones, y se instauran en forma de palabras o imágenes que vienen a la mente del individuo, constituyendo hipótesis e inferencias que tienen repercusión en el tipo de reacción emocional, conductual y fisiológica (Beck, 1995). Un ejemplo es cuando una persona tiene dificultad para estudiar o leer y se asevera así mismo: “Esta lectura es difícil, por lo que no la entenderé nunca. No entiendo por ser tonto”, lo que provoca una reacción emocional de tristeza y enojo, que a su vez se relaciona con la reacción conductual de abandonar la tarea y quizá provoque una reacción fisiológica somática. Entonces los pensamientos automáticos son el elemento terapéutico a trabajar (Beck, 1995). El terapeuta se interesa en identificarlos, evaluarlos, refutarlos y modificarlos por nuevos pensamientos. Eventualmente se guía al sujeto a identificar y modificar los pensamientos intermedios y pensamientos centrales (Beck, 1995). Dentro de los errores de pensamientos que podremos encontrar en el paciente son la inferencia arbitraria, abstracción selectiva, generalización excesiva, maximización, minimización y el pensamiento dicotómico.

 Por lo tanto, la intención de la TC es motivar al cliente que busque evidencias a favor y en contra de una hipótesis preestablecida sobre un hecho, y que en su validación o refutación se dé cuenta que su creencia no era más que una hipótesis y no un hecho fáctico, lo que la hace susceptible al cambio (Greenberger y Padesky, 1995). 

En relación al abordaje, este se realiza desde un inicio con la conceptualización cognitiva del caso particular. Donde se revisa antecedentes relevantes del paciente, con una indagación minuciosa de las creencias centrales, intermedias, pensamientos automáticos y las situaciones evocadoras. Seguido a esto, se establece una formulación durante la cual recabamos información demográfica, se establece un diagnóstico, se revisan las puntuaciones de los cuestionarios, se formula el problema y el funcionamiento actual, dar un perfil cognitivo y evolutivo, finalmente, las implicaciones para el tratamiento. La conceptualización del caso incluye las relaciones que existen entre los patrones de vida con los problemas actuales. De acuerdo a Beck et al. (1999) el abordaje consiste en un trabajo de colaboración terapeuta-paciente, un trabajo activo, basado en gran parte en preguntas abiertas, y altamente estructurado y centrado. 

En el fenómeno de uso y abuso de drogas, el abordaje cognitivo ayuda a los individuos a enfrentar los problemas que les producen angustia emocional y a crear un panorama cognitivo que fomente la autoeficacia para dejar de usar drogas. Además, y conforme a estos autores algunas estrategias cognitivas específicas les ayudan a aliviar sus impulsos y, al mismo tiempo, a establecer un sistema más fuerte de control interno. Y agregan que la TC puede ayudar a los pacientes a combatir la depresión, ansiedad o ira, que frecuentemente están relacionadas con las conductas adictivas (Beck et al., 1999).

Una de las formas de apoyar al paciente desde la TCD es reducir la intensidad y la frecuencia de los impulsos de consumir sustancias y enseñar al paciente técnicas específicas a fin de controlar y manejar sus impulsos. Estos impulsos también conocidos como craving son una respuesta a los síntomas de la abstinencia, a la falta de placer, a los deseos hedónicos y a los estímulos ambientales condicionados a esa respuesta (Beck et al., 1999).

Este impulso o craving es de suma importancia abordarlo desde la TCD, pues ya que muchos de los pacientes consumidores de drogas atribuyen a estos deseos las dificultades de dejar de consumir. Lo describen como un deseo irreprimible o incontrolable. Ya que, y desde la perspectiva de esquemas de creencias, el craving o impulso es alimentado por algunos pensamientos disfuncionales. Alguno de ellos, por ejemplo es minimizar, negar o ignorar sus problemas derivados por el consumo. Dentro de este esquema de creencias adictivas se encuentra que los pacientes suelen pensar que la droga es necesaria para mantener la homeostasis psicológica y emocional, también que su uso es capaz de mejorar el funcionamiento social e intelectual e incluso puede dotarlos de una fuerza especial, que igualmente a través de su consumo se encontrará placer o el alivio del dolor, que puede quitar el aburrimiento y que solo a través de su uso pueden controlar el craving. De acuerdo a González Salazar (2009) dada a la naturaleza del craving, es factible la efectividad de las estrategias de la TCD en el manejo del mismo.

 Ahora bien, y desde la concepción conductual, podemos mencionar que este hábito de uso de drogas es un patrón repetitivo de conducta antes estímulos específicos que implica un deseo o una necesidad irrefrenable. Este deseo se asocia al sentimiento experimentado por el individuo y este a su vez a otros estímulos, lo que se conoce como una “generalización estimular”. 

Retomando el abordaje, una vez hecha la conceptualización cognitiva, la formulación del caso y la estructura de las sesiones se inicia el análisis que ayuda al paciente a examinar la secuencia de acontecimientos que lo llevan al abuso de una droga y, además, explorar las creencias básicas acerca del valor que tienen las drogas, el alcohol y la nicotina. Al mismo tiempo, el terapeuta entrena al paciente para que evalúe y considere las formas en que su pensamiento erróneo produce estrés y angustia (Beck et al. 1999). Una vez el paciente haya reconocido este tipo de creencias o pensamientos distorsionados buscamos desde la terapia modificar su pensamiento, de forma que entienda cuales son realmente sus problemas y deje de preocuparse por los pseudoproblemas. Demostramos al paciente varias formas de controlar y modificar su conducta. Es decir, el terapeuta lleva al paciente a develar las conexiones causales y correlacionales entre las situaciones estimulo, los pensamientos, creencias, emociones, impulsos de consumir drogas y el consumo de las mismas (Beck et al. 1999).

Con respecto a las técnicas que utiliza el terapeuta desde la TCD, su elemento de trabajo son las creencias relacionadas a las drogas y los pensamientos automáticos que exacerban los impulsos o los deseos (craving).  

Según Beck et al. (1999) la eficacia de estas técnicas cognitivas y conductuales dependen de la relación entre el terapeuta y el paciente. De acuerdo a Beck, Rush, Shaw y Emery (1979) esta relación debe manejarse desde la sinceridad, la empatía u la calidez.

Asegurada la relación de confianza y mutua colaboración podemos introducir gradualmente a través de las sesiones las técnicas de intervención. Por ejemplo, dentro de las técnicas cognitivas, la técnica de evaluación de ventajas y desventajas permite al individuo realzar elementos cognitivos no considerados en la toma de decisiones o balance decisional sobre consumir o no drogas. Entre otras cosas, el apoderamiento cognitivo de las creencias y pensamientos automáticos por parte del paciente a través de las técnicas de identificación de creencias adictivas y de flechas descendentes (Pensamientos automáticos), que le permiten, y a la ayuda del diálogo socrático, reconocer su procesamiento de la información y la relación de este con su identidad y el consumo de sustancias. En búsqueda de este empoderamiento, se usan técnicas que fomenten un encuentro cognitivo consigo mismo y que tengan la facultad de extender ese entrenamiento más allá de la misma terapia, otorgando al sujeto habilidades y conocimientos cognitivos para el control de impulsos y el manejo de situaciones evocadoras. Por ejemplo, la técnica de registro de pensamiento, donde el sujeto realiza un análisis funcional de toda una situación, revisando y anotando en una tabla los pensamientos, emociones y acciones realizadas, dándole un valor porcentual  a las emociones experimentadas y agregando un pensamiento racional que otorga un efecto incompatible con el pensamiento automático evocado. 

En cuanto a las técnicas conductuales, y de la misma manera que las cognitivas, se pretende la generación de autonomía y el rompimiento con los hábitos antiguos del paciente. A la ayuda de la técnica de programación y control de la actividad, ayudamos al sujeto a la incorporación de nuevos hábitos y el rompimiento de las contingencias con los antiguos. Otra técnica es la de repaso conductual o juego de roles que entrena al sujeto a enfrentar con más habilidades las relaciones interpersonales, como puede ser una comunicación asertiva, mayor tolerancia a la frustración, expresión de sentimientos, solución de problemas etc. De acuerdo a estos autores, si bien estas técnicas cuentan con un gran respaldo empírico, motivan a los terapeutas a la creación de nuevas derivaciones de las mismas a través de la creatividad y por supuesto el buen manejo del modelo. 

 

DISCUSIÓN

De manera de conclusión, podemos mencionar que la TCD hace parte de una gran variedad de modelos para el tratamiento de las adicciones, y que viene a unirse y a fortalecer esta gama ecléctica de programas de tratamientos y rehabilitación. Según Beck et al (1999) la TC es compatible con los distintos abordajes, como grupos autoayuda, doce pasos, enfoque motivacional etc. Se puede resaltar dentro de las ventajas de la TC su énfasis en la identificación y modificación de creencias que exacerban el craving o deseo irrefrenable de consumir, también se puede señalar su impacto positivo en los estados de afecto negativo (ansiedad, ira y desesperanza) que pueden desencadenar el consumo, además de su interés notorio de enseñar a los pacientes a aplicar una batería de habilidades y técnicas cognitivas y conductuales y por último, promover en los pacientes por un lado, la abstinencia del consumo, y por otro, la adquisición o reforzamiento de estilos de vida saludables que tienen un impacto en las valoraciones así mismos y hacia el futuro.

También se puede destacar sus cualidades en su esquema de intervención estructurado y breve. 

 


De acuerdo a Carroll (1998) los parámetros de la TCD son evidentemente claros, y que menciona a continuación: análisis funcional del abuso de la droga, entrenamiento en el reconocimiento y afrontamiento del craving, solución de problemas, afrontamiento de emergencias, habilidades de afrontamiento, examen de los procesos cognitivos relacionados con el consumo, identificación y afrontamiento de las situaciones de riesgo y empleo de sesiones extras para el entrenamiento en habilidades. Esta misma autora (Carroll, 2004) menciona que la TCD es una terapia efectiva en la población dependientes a la cocaína. Aunado a esto, Sánchez Hervas, Gradoli, Gurrea, Molina y Morales Gallus (2001) mediante un estudio pretendían comprobar si una intervención de corte cognitivo-conductual ayudaba a los pacientes a reducir su malestar psicológico y su consumo de drogas. Dentro de los resultados encontraron que los pacientes mejoraron su calidad de vida, habían reducido su malestar psicológico y también su consumo de drogas.

Un punto a destacar, y que hace parte de los principios de la TC, es la alianza terapéutica entre el paciente y el terapeuta. Realizan un énfasis particular en este punto y destacan la importancia de unas condiciones óptimas para aumentar la eficacia de las técnicas para identificar y modificar conductas. Es un punto relevante, pues integra de otros modelos la importancia de la relación interpersonal que se gesta en este escenario terapéutico, y de acuerdo a otros paradigmas de las relaciones interpersonales y de la comunicación humana es de relevancia entenderla como tal. 

Por otro lado, y en el marco de prevención de recaídas, destacamos la utilidad de la TCD en la construcción de proyectos de vida. En un estudio que evaluaba las tasas de abstinencia en diferentes periodos encontraron que la TCD obtuvo tasas de abstinencia de aproximadamente el 90%. En el seguimiento realizado al año, mostró una tasa de abstinencia validada en torno al 40%, que según estos autores es un porcentaje similar al encontrado en otros estudios que informan de tasas de abstinencia para la terapia cognitiva conductual de 25-47% (Alonso-Pérez, Secades-Villa & Duarte-Climent., 2007; Gariti, Alterman, Ehrman y Mulvaney, 2001; Becoña y Míguez, 2008)

De acuerdo a Marlatt y Gordon (1985) la prevención de la recaída se puede considerar como una especie de ramificación particular de los programas cognitivo-conductuales. Pues al igual que la TCD la PR contiene tres elementos fundamentales: a) Estrategias de entrenamiento en habilidades, que incluyen tanto estrategias cognitivas como conductuales para afrontar situaciones de riesgo: b) procedimientos de reestructuración cognitiva diseñados para proporcionar al paciente pensamientos alternativos y c) estrategias de reequilibrio del estilo de vida (como la relajación o el ejercicio físico) para incrementar las actividades alternativas al consumo de drogas. 

El componente esencial del trabajo terapéutico en la problemática de consumo de alcohol, tabaco y otras drogas es darle posibilidad al paciente de crear un nuevo estilo de vida, que le permita reconocerse como actor principal y activo de su proceso de cambio, que experimente las consecuencias positivas de hacerlo y que se distinga como un ente de control de sus propias decisiones. De allí la importancia de estos modelos que promueven la autoeficacia y las habilidades para interactuar de forma más sana ante las situaciones vitales o vicisitudes de la vida.

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