SER O NO SER EN LA ÉPOCA DE LA VERDAD PHOTOSHOPEADA

TO BE OR NOT TO BE IN THE ERA OF TRUTH PHOTOSHOPEADA

patricia b. ramirez

(Argentina)

patricia.ramirez.1309@gmail.com

artículo



Recibido: 08/12/2018

Aprobado: 10/12/2018



RESUMEN: Una increíble variedad de aplicaciones para móviles disponibles en la Web han facilitado a los adolescentes el acceso a una veta de creatividad que les permite propagandear lo que son, sienten y viven según manipulan el espejo sobre el cual desean reconocerse. Realidades que construyen desde una emoción, una pose, un estilo que asumen o una conducta que quieren propagar. Todos los rasgos de la persona, incluso con fuerte sesgo de intimidad y privacidad, se suben como multimedia al espacio cibernético para iniciar con otros un ruedo de halagos, comentarios, críticas; a veces, incluso, insultos. La imagen se hace palabra para interpelar al otro a salir del silencio digital e intervenir. Y esto sucede, generalmente, con ese toque de instantaneidad que no espera el minuto de reflexión. Así aparecen nuevas modas expresión y valoración. Palabras e imágenes que pueden horrorizar al adulto, y que para los adolescentes, equivale a un “me encanta”. Hoy prima gestar un impasse de reflexión adulto para diseñar nuevos focos de diálogo, acompañamiento y educación, sobre todo hacia una generación que está forjando su personalidad en un espacio de intercomunicación donde todo vale, pero donde nada se pierde, puesto que el carácter de indelebilidad de la información que publican pervivirá eternamente. Los ecos del futuro, aquello que posiblemente serán, estarán afectados por los decires y sentires de un hoy de acción vertiginosa en las redes sociales. Es triste pensar que ya no son sólo grupos de amigos diciéndose cara a cara. Hoy son infinidad de grupos interenlazados que cuentan con conexión 24 horas. Que duermen de a ratos. Que comparten esas realidades que iluminan, retocan, arman, recortan, mapean; pensando detalles del yo sin tener en cuenta, en muchos casos, los detalles del entorno, del nosotros, del tiempo que viven y el mensaje emitido. Aquello que estará vigente, público, con acceso al pasar los años; quizás incluso cuando ya no quieran verlo o pretendan renegar de ello. Ecos que se empiezan a percibir y afectan. Muchos adultos seguimos estando al margen de estas maneras procedimentales de ser como sujeto y ser como grupo. Es hora de ensayar nuevos paradigmas de aprendizaje y conocimiento para entender y colaborar en la formación de una generación que nos lleva la delantera en el saber digital. La responsabilidad de la persona, la dignidad en juego, las emociones sanas y la inteligencia creciendo no admiten software de manipulación de imágenes.

INTRODUCCIÓN

Las redes sociales tales como Twitter, Instagram, Snapchat, MeWe, Facebook (en menor medida) y conectividades ciento por ciento instantáneas como Whatsapp, Telegram, o Hangout, son realidades digitales que los adolescentes han convertido en realidad de cuerpo y acción permanente. La portabilidad de los dispositivos que poseen y de los canales de conectividad con los que cuentan, los mantienen enchufados las veinticuatro horas. El carácter de instantaneidad, sumado a sus capacidades procedimentales de capturar y modificar, dan pie a un incesante intercambio de imágenes y videos, gifs y collage, palabra escrita y audios (entre otros accionares) que los centrifuga hacia un ruedo de mensajes interdependientes que prácticamente no finaliza nunca. Los adolescentes tienen tiempo. Y aún cuando no lo tuvieran, se lo hacen. La tecnología digital les fascina, los moviliza, los vincula, les permite generar recursos que despiertan en los otros (mayormente pares dentro de las comunidades virtuales que edifican) una corriente de participación que les ocupa el ocio y les recrea los tiempos y los espacios. Consciente de la posible paradoja binómica ocio/ocupación, nos enfrentamos a ella para llevar a cabo acercamientos al tipo de recursos que generan y publican, puesto que con ellos están induciendo un cambio fenomenal en los modos de consolidar el universo de lo público, exponiendo intimidades sin tomar conciencia, en la mayoría de los casos, sobre el mensaje emitido cuando no hubo intencionalidad ni cuerpo objetivo de mensaje desde el emisor (ellos mismos). Se abre una nueva brecha generacional entre nosotros, los adultos de la era de la literalidad y la secuencialidad (como ciertos modos convencionales de occidente para acceder formalmente a un texto/contenido) que nos deja en la ambigüedad o desconocimiento respecto al cómo comprender lo publicado; y entre ellos, los que publican cada momento que viven teniendo herramientas y deseos de photoshopear la instantaneidad que registran. Filtros, luces, saturación de color, efecto vintage, recorte, superposición; todo vale en la formación de una imagen que desean bella, arte, espejo de una emoción o vivencia que pujó por ser pública. Pero no todo es moción exclusiva de los adolescentes. Hay un universo allí afuera, marketinero, económico y adulto, detectando los gustos de estos sujetos apps, que se anticipan permanentemente para ofertarles nuevos software para lograr lo que imaginan sin el menor esfuerzo. Todo un mundo del hacer visual, detectando herramientas aún sin necesidad de conocer la lengua origen de la aplicación en uso. Y es ésta otra de las aristas de esta investigación. Adentrarnos a las fuentes de donde surgen las acciones creativas que publican. Opciones como el boomerang (Instagram) es el recurso que los atrapa al extremo de publicar como clip de bucle un instante aburrido de inercias en clases.  Esta investigación pretende poner en palabras ciertas experiencias de reflexión que hicimos junto a ellos y desde ellos. Por un lado, para poder comprender ese ánimo de vorágine y vertiginosidad  digital que les interpela y compromete en espiral inacabable de públicos y publicaciones. Por otro, dimensionar con cierta lógica el qué y el cómo de nuestro acompañamiento, tanto parental como en el magisterio. Darle sentido a la acción que viven y hallar sentido a la batería activa de multimedialidades y socializaciones. Que podamos comprenderlos para que ellos comprendan lo que se les avecina, las responsabilidades que tendrán mañana respecto a lo que publican hoy y las consecuencias inmediatas de cada intervención en sus perfiles públicos y en la huella digital que no podrán borrar. ¿Quiénes son? ¿Por qué se muestran? ¿A quiénes se dirigen? ¿Tienen objetivos claros? ¿Cuál es la realidad que viven: la misma que muestran? ¿Qué verdades desean vivir? ¿Logran gestionar la acción de una verdad pública? Muchas preguntas. Algunas pudimos dialogarlas. Aquí se ensayan las respuestas. Pero no son unívocas. Porque aparecen diferentes versiones y acepciones según se indaga, se amplía la muestra, se expande el horizonte, cambian las edades, se inventan nuevas apps. Esta generación nos pone en jaque. La verdad que photoshopean se lee, se escucha, se percibe, se observa y se adhiere a ellos con amor y compromiso, intentando no juzgarlos.

MÉTODO

Al decidir esta modalidad de observación, registro y moderación docente, se ha tratado de poner el interés investigativo en foco de indagación desde el diseño de talleres presenciales intercolegiales (como base de intervención), sumando entrevistas personales, recorridos virtuales y encuestas de carácter anónimo, para estrechar las relaciones y distancias o ruidos entre sujetos y objetos, refiriéndonos siempre a las socializaciones de los adolescentes en las redes sociales y en el cómo afectan todas y cada una de las publicaciones en sus propias maneras de ser y de actuar y en el cómo se generan ecos de participación espiralada en tanto y en cuanto queda habilitada una imagen, una palabra, un video o un gif como puente hacia las lecturas del qué se dijo, hizo, quiso mostrar, intentó decir, etc. Es un proceso dialéctico y de observación que no pretende quitar la dimensión de complejidad que tiene el fenómeno de las redes sociales en la actualidad, pero sí ensayar visos de comprensión y acción focalizando el interés en determinar caminos para superar los escollos al analizar y reflexionar sobre los sujetos, los objetos en juego y la relación que se establece entre ambos y que afectan a los adolescentes en la construcción de sus propias personalidades  y/o en el cómo podría repercutir hacia el futuro todo aquello que se expresa multimedialmente, suponiendo que pervivirá quizás cuando menos lo deseen o les convenga como próximos adultos y profesionales.

Se lleva a cabo un proceso donde el adolescente es parte. No se lo observa “desde lejos” sino que se fomenta un espacio dialéctico para propiciar la cercanía, la confianza, la reflexión. Todo este hacer, como plan educativo, gesta el proyecto en el interés de un proceso de la investigación para comprender cómo superar los conflictos del binomio Sujeto (adolescentes) – Objeto (publicaciones) para luego diferenciar y analizar lo relevado en tres tipos de metodologías: hacia el sujeto investigado (quiénes, por qué, cómo lo logran, qué sienten, cuáles son los móviles); hacia el objeto investigado (qué se publica, cuál es el mensaje, qué pretenden comunicar, quiénes son los receptores de esas publicaciones) y hacia el desarrollo de ambas relaciones (lo que implican, los efectos en la persona, los rasgos de la personalidad que moldean, las emociones que no pueden controlar, las responsabilidades que deberán asumir; entre otras).

En este trabajo no se aplica método científico puro puesto que se ha dejado hacer camino en el andar a los mismos adolescentes. De identificar un modelo particular, estaríamos cercanos a las metodologías etnográficas. Dada la complejidad de los fenómenos que viven, y del recorte poblacional determinado, no se ha considerado cabida específica a los registros cuantitativos, aún cuando sirvieron para detectar puntales interesantes y ayudaron a definir otros recursos de indagación más personalizados, cara a cara. Incluso, para diseñar los instrumentos de foro y debate presenciales, nucleando ejes temáticos sobre los cuales orquestar interacciones oportunas para los documentos relevados que luego fueron analizados. Se determinó como población de muestra y consulta los grupos de alumnos de escuelas de educación secundaria de la ciudad de Santa Fe (centro), tomando como base a los alumnos de tercero, cuarto y quinto año del Colegio San Ezequiel Moreno Nro. 3137. Para gestionar las interacciones de foros presenciales y virtuales, los talleres y las observaciones in situ, se generaron acuerdos con docentes de otras instituciones, especialmente con los responsables de cátedras universitarias en la Facultad de Humanidades de la Universidad Católica de Santa Fe.

Para considerar un recorte de la realidad que nos permitiera trabajar con el mínimo riesgo de fugas, nos propusimos los siguientes objetivos:

  • Detectar rasgos fundamentales del fenómeno de internet que atrapa a los adolescentes en la vorágine de publicaciones que exigen criterios de instantaneidad y participación regulada; modas o estilos de perfección imaginada. 

  • Establecer diálogos reflexivos en los talleres adolescentes para poder entretejer con ellos una red de valores que les permita forjar conciencia respecto a expresiones públicas de los cuales son propietarios y quedan registros a futuro.
  • Registrar y analizar los fueros y dominios de los cuales son parte fundante en estas intervenciones. Reconocer qué, cómo, por qué y para qué generan las publicaciones.
  • Comprender y dimensionar desde sus propios focos de participación la realidad que viven y tratar de entender cómo les afectará en el futuro considerando que son sujetos que están formando sus personalidades frente a un poder de la comunicación donde no tienen fuerzas sus decisiones ante la necesidad de querer borrar o bajar información que han subido a plataformas públicas y gratuitas.
  • Socializar los resultados del proceso investigativo con diferentes instancias presenciales para colaborar con padres y docentes formadores.

Como brújula especial indicando el norte de esta investigación, se hizo un mix de sentido crítico, observación directa, humor y comprensión frente a las expresiones de los adolescentes, seriedad científica ante la duda idiomática o terminológica para comprender las expresiones vertidas y reflexionar cómo analizar y verbalizar lo recogido. Fue necesario consultar diccionarios académicos, pero también surfear en páginas quizás no muy “académicas” para no dejar a la deriva ningún dato que pudiera ser resonante, derivado de la jerga cibernética de los adolescentes. Fue necesario leer varias veces algunas expresiones, para llegar a descubrir luces diversas en imágenes de apariencia inocua. Y aún así, con mucho esfuerzo y mismo tenor de amor puesto en obra, es necesario considerar que hay mucho más para investigar. Llegado el momento de convertir a palabra narrada esta experiencia, fue tomada la decisión de recurrir a la escritura metafórica para poder mantener sublimada una realidad que no cierra con certezas categóricas. Esto no implica faltar a la verdad de lo relevado, sino que permite aproximarnos pero sin dar por definitivos los resultados.

Cabe aclarar que lo que se está presentando aquí, es la narrativa de las conclusiones de la primera etapa de esta investigación. El trabajo, en su totalidad, tiene fecha de cierre en Agosto 2018, con los talleres para padres y docentes en donde se presentarán líneas de formación y trabajo con los resultados analizados, sean de casos genéricos o puntuales.

 

DISCUSIÓN

Hermenéutica y empiria, a lo largo de esta investicación, están permanentemente aportando herramientas. Existen realidades múltiples que nos exigen prestar atención, especialmente, al carácter intersubjetivo de lo visto, oído, dialogado, mostrado. Las percepciones, aún en focos  directos, no son para dar rigor cuantitativo a lo que se genera y puede diseñarse como propuesta, sino más bien para poder contar a padres, profesionales y otros docentes de las instituciones involucradas, cómo y de qué manera estos adolescentes de Santa Fe, de escuelas secundarias, están formándose, adquiriendo rasgos de la personalidad con tintes quizás diferentes a las convenciones sobre las cuales hemos sido educados los formadores de hoy.

Muchas son las preguntas. Incluso más que los objetivos. Estamos abiertos a todo eso que puede suceder y que no estaba previsto. Por esta misma razón, este proyecto de investigación funde en una misma labor a docentes de diferentes instituciones educativas de la ciudad con sus alumnos del ciclo superior de educación secundaria, e invita con especial intencionalidad a los alumnos 2017/2018 de la cátedra Informática Aplicada a la Educación de la Facultad de Humanidades (UCSF) carreras de Licenciatura de Psicopedagogía y Profesorado de Ciencias de la Educación, para gestar las inmersiones en otras cátedras de la misma facultad y salir al ruedo, como talleristas, hacia otras entidades de educación secundaria. No sólo se está intentando comprender la realidad, sino también colaborar en la formación de sujetos que, en cierta manera, están tomando como inspirador de ideales al “gran hermano” que, sonriente, convincente y benevolente, se mueve detrás de las pantallas tan coloridas.

Se resume por partes. Se puede dividir en varios apartados lo que, hasta la fecha, se pudo observar, analizar y categorizar.

El entripado adolescente y los nuevos borborigmos de la red. Se ha escuchado más de una vez decir a algún adulto que es necesario “hacer de tripas el corazón” cuando están al borde de bajar los brazos  dejando a los adolescentes en el barranco de una vorágine anárquica de redes, información y aplicaciones para producir la imagen de una realidad propia que los adolescentes desean diferente a lo que viven con sus cuerpos. Aplicaciones en sus celulares como PicsArt, Vimage, FaceApp, PhotoLab, Age Face, Cámara Selfie – Filter y Sticker,  PipCamera, entre muchas otras, les incentivan para crear “lo súper” de un instante vivido. Por ejemplo: un beso embotellado, el rostro amado en el interior de una lágrima, el vaso en la mano es el foco y el contexto se difumina. En cierto modo, la creatividad de ellos está sujeta a la disponibilidad de los recursos de cada app. Pero tampoco es del todo cierto. Porque la versatilidad del saber procedimental que ya han logrado, les permite producir y  reproducir una idea alternando apps hasta lograr el efecto deseado. Para photoshopear, tienen paciencia y sabiduría. Arte sobre arte hacia una inteligencia que sigue expandiendo la red del propio PLE.

Aplicar efectos, decir sin decir, ilustrar una situación con superposición de imágenes con alto porcentaje de transparencia (entre otros procedimientos) generan rupturas generacionales profundas que gestan esos “aires” nuevos haciendo ruidos que interfieren en las lógicas de la comprensión hacia ellos que deseábamos consolidar. Ruidos silenciosos que, estrepitosamente, cancelan nuestras certezas a la hora de definirlos. “Olemos” que algo no está bien, pero no estamos preparados para definir qué es lo que sucede con sus personas, qué expresan, por qué lo expresan, cuál es el trasfondo de semejantes publicaciones. Ellos están siendo nuestros prójimos más cercanos que cada día conocemos menos. Photoshopean lo que sienten para difundir una imagen que creemos que algo está expresando, pero que no tenemos canon unificado para otorgarle sentido. Se nos está haciendo difícil comprender ese mundo que tejen desde vincularidades multimediales. ¿Cada gesto que fotografían está comunicando un pensamiento? ¿Cada pose que piensan para capturar, está emitiendo un mensaje sencillo para descubrir? Muchos adultos, al ser consultados respecto a estas fotos, no le encuentran sentido, y por lo tanto, sólo las valoran en tanto y en cuanto les parezcan bellas. Casi el 80% de los adultos consultados, han respondido incluso que ponen like a las publicaciones de los adolescentes incluso sin tener conciencia de qué dicen en los posteos, sobre todo cuando utilizan para ello siglas o frases en otro idioma, preferentemente en inglés. Sólo “likean” porque los aman.

Nuestros adolescentes cargan de sentido momentos insignificantes, pero también minimizan ciertos estereotipos de formas y significados que siguen siendo valiosos en nuestra sociedad de habitancias presenciales. Ellos están, pero son de otros modos; diversos, divergentes, creativos, inteligentes, diligentes, resolutivos… ¿siempre? Tienen en su haber la carga cognitiva de un sinfín procedimental. Pero siguen necesitando del adulto tutor que se aproxime a sus lenguajes para ayudarlos a producir en sentido sensible,  emocional, fraterno, inclusivo; en clave de paridad y fraternidad, pero también desde rasgos de familia y comunidad, porque sin éstos, se desarma el universo social sobre el cual se acuerdan normas y se viven conductas que nos signan como pueblos, como historia, como ciudadanos de una democracia activa, que no puede ignorarse. 

El coloquio, la charla, el diálogo (como hábitos comunicacionales convencionales) no suelen ser las versiones cotidianas para sus intervenciones. El emoticón, la iconografía, el audio, las interjecciones, las siglas inventadas, los eufemismos en otro idioma y hasta la imagen fotográfica en clave arte, son los recursos más elegidos para establecer contactos comunicacionales que les ocupan prácticamente un 60% de la energía diaria en la práctica con sus móviles.

Borgorigmos en la red. Mucho más que una metáfora. Estamos frente a una adolescencia que fluye vertiginosamente dentro de los vericuetos infinitos de la red. Es un proceso de búsqueda el que viven, pero también de construcción. Con sus intervenciones, están dando que hablar a muchos especialistas de diferentes disciplinas. Y en el mientras tanto, surgen páginas ofreciendo “enseñarles” cómo producirse y selfiarse y los programadores de apps se las ingenian para desarrollar cada día ofertas más diversas de software para móviles que les permitan photoshopear lo que viven. Sutilmente, se les fomentan ciertas insatisfacciones a la hora de poner sobre la balanza lo que sienten que son, lo que creen que viven, lo que desean lograr. La felicidad, en muchos casos, se mide desde el éxito logrado por X cantidad de likes en X cantidad de tiempo. Esto les produce ansiedad. Al extremo de considerar bajar lo que han publicado si no logran excesivos “me gusta” en el amplio lapsus del “ya mismo”.

El gen pseudo parnasiano de los adolescentes en la producción y la comunicación. Entre las varias aristas para versar, una es la de la fotografía en las redes. Los adolescentes toman fotos y las publican por el simple hecho de tomar la foto y publicarla. En la mayoría de los casos, no le dan valor excesivo a la foto que suben. Quizás por eso tampoco analizan los pormenores de lo que significa el cuadro que publican. El mensaje, en estos casos, no existe como formal o racional. “Pintó” hacer una foto y listo. Esta expresión que ha sido repetida infinidad de veces entre los adolescentes que formaron la muestra de esta investigación, y es lo que ha llevado a pensar en compararlos como sujetos de genes pseudo parnasianos. Luego de surgir este movimiento artístico literario, se consideraron algunos aspectos o categorías que podían diferenciarse puntualmente de los románticos y/o autoreferenciarse en contra de ellos: hacer arte por el arte mismo, sin representar cuestiones sociales, políticas o morales; cuidar la forma; no pensar en las utilidades  u objetivos sino en la posibilidad de expresar belleza, lograr admiración; despersonalizar las situaciones, quizás dejando de lado las emociones; manifestar realidades con fines estéticos; resignificar el concepto de mundo y de naturaleza para expresar otras conceptualizaciones más artificiales, neutras o ficcionadas. Con estos adolescentes están vislumbrándose casi las mismas categorías según se analizan las producciones y lo que exteriorizan. La foto es bella o les muestra bellos, no importa si se comparte el canon de belleza con el nuestro (convencional, en todo caso). Incluso el orden es otro. De pronto, una habitación desordenada, como fondo de la imagen, para ellos es el orden que debe destacarse para tomarse una selfie. Son sujetos de genes pseudo parnasianos en todas las instancias donde aprovechan el lente para registrar que sacan la lengua, que se boxean, que están subidos a una cima hacia el vacío, que están tomando alcohol, que es de noche, etc. ¿Esto implica un mensaje hacia los adultos que puede leerse particularmente? Se intuye un NO. No son instantáneas para otorgar mensajes de significados simples. En todo caso, no es así en el 100% de los casos. Ni nos están burlando cuando sacan la lengua, ni nos avisan sobre la violencia que les resulta imposible de manejar cuando simulan peleas, ni quieren suicidarse porque trucan un abismo, ni se han emborrachado porque están al borde de un colapso, ni son vampiros dueños de la noche. La foto “les pinta”. Es como hacer un clic artístico porque ese mismo momento era propicio para dejar un registro multimedia en la red. En todo caso, el mensaje genuino es decir acá estoy, esta es la realidad que me gusta ahora, así es ahora mi  idea de mundo, lo que me gusta andar, de esta manera les digo que soy acá, en este instante.

Analicemos las posibles consecuencias de esto. Es difícil comprender el mensaje que no existe como mensaje pero que, hilando fino, SÍ hay mensaje en el no mensaje. Porque como norma del espacio cibernético, reglado por dueños de plataformas que ofrecen acceso, permanencia, vincularidad y gratuidad, la foto, el video, el gif y todo recursos multimedial (comentado o no) es el pago que están haciendo los adolescentes para consolidar a las número uno en el mercado de oferta y demanda, donde la publicidad domina los ejes del consumo y determina quién es quién desde lo que se consume. Es el primer origen de más consumos que se originan desde nuevos rubros que marcan tendencias por las interacciones que logran con los niños, los adolescentes y los jóvenes. Y esto supone orquestar bases de datos que se comercializan, viralizando, quizás en publicidades de alto mercado económico, los datos biométricos de jóvenes que se han cedido sin conciencia a los poderosos de la red. Y aplica a rajatabla el fenómeno de la pervivencia. Porque todo lo que se sube es fácil de alojar; pero es casi imposible bajar o quitar de la red algún registro multimedial que se hizo público en una plataforma “libre y gratuita”. Ése es el pago. Y no tiene vuelto. La pregunta que surge es: ¿qué tan lejos o cerca del arrepentimiento estarán estos adolescentes cuando el arte deje de ser arte y sea historia de vida, huella digital, antecedentes, biografía pública? Ya se conocen de emprendimientos de gestión que ofrecen servicios de ingeniería social a las empresas para que conozcan por fuera de los currículum vitae presentados por el interesado según habla de ellos la red. ¿Una trampa? ¿Un cuco? ¿Algo para temer? El futuro está enviando ecos de advertencia. Y esto supone, como adultos, prepararnos para educar en la prudencia.

Como quien yoikea en los rincones públicos. Estamos frente a una generación que gesta cultura cotidianamente; incluso sin la intencionalidad clara de lograrlo. Viven en el espacio virtual tantas horas y consumen tanto de la globalidad, que hasta el lenguaje que utilizan, más allá de las características multimediales, toma tinta de vocablos, costumbres y modos de expresión que no siempre tiene estricto sentido literal. Por esto, se nos complica a los adultos muchas veces comprender qué es lo que están queriendo decir desde las maneras que tienen de expresarse. Para la cultura sami, pueblos originarios de la zona ártica de Noruega, el yoik es un ejemplo de expresión cultural muy arraigada, en manera de canto, que tienen las personas para “decir de alguien” o de algo; es un modo de establecer la relación natural que existe entre el sujeto que yoikea y lo que éste vincula en sus percepciones. Lejos de malversar culturas ancestrales o caer en herejías, se presentó la posibilidad de parafrasear con el yoik lo que está sucediendo con los adolescentes. Porque las intervenciones que ellos realizan, prácticamente ponen al descubierto altas similitudes con la esencia de los yoiks o la acción de yoikear.  Cuando un adolescente sube un recurso, léase foto, mensaje, gif, collage, audio o texto, está tratando de que perdure aquello que luego desea evocar. Evocar, decir, definir una relación, consolidar una costumbre que empieza siendo moda, celebrar lo que viven y lo que aman, inmortalizar un instante disfrutado, entre otras varias opciones, es lo que les permite la red y las reacciones que desde ella genera con sus pares lo que les permite perpetuar, revivir, prolongar y hasta “ser” con esas realidades que logran eternizar, que son de ellos, que las sienten como un espacio de pertenencia solvente. No son sólo fotos del momento que ya transcurrió. Es la vida misma que ya no desaparece. Como ejemplo, cuando se analizó con ellos el por qué de las fotos, en varias ocasiones surgieron respuestas del tipo: “¿tiene que haber un por qué?”. Evidentemente, en forma racional, el por qué no está previsto. Pero, reflexionando, surgen variantes: la necesidad de mostrar belleza, de compartir lo que han visto o leído, de mostrar felicidad, de estar a la moda, de pertenecer a ciertos ámbitos. Y no extraña, como propio de la edad, volver a coincidir con las causas del tipo rebeldía, transgresión, el lugar de lo prohibido, la tribuna del enojo, probar o ensayar conductas.

Yoikear es, quizás, la metáfora que mejor aplica a esta nueva cultura de participación. Están hablando de ellos como un “yo en mí”, pero también expresan los vínculos que construyen, las necesidades que les preocupan, los abandonos de ciertas tutorías, los espacios que ocupan cuando nadie les cuestiona. Fotografían y photoshopean realidades que viven o imaginan, y por eso también el espejo, “actor-objeto” tan invitado repetidamente, es quien regula el foco de cada foto en primera persona. “Yo en mí” porque necesitan sentirse importantes, bellos, capaces de gustar, cómodos a la hora de recibir infinidad de “me gusta”. Y esto no ocurre cada tanto. La frecuencia de publicación es cada vez más alta. En los registros actuales, hemos llegado a notar hasta diez subidas por noche de boliche.

Todo lo que ocurre en la red merece ser atendido. No es un espacio inhabitado, impersonal, sin reglas, donde no quedan registros, como muchas veces queremos creer. Muy por el contrario, es un ámbito donde convergen demasiadas cuestiones como para hacer oídos sordos. Estos adolescentes del primer cuarto del siglo XXI, todos ya nacidos en el tercer milenio, generan prácticas desde la intuición; pero el hacer de ellos, ciertamente, en muchos casos está siendo sutilmente manipulado por un sinfín de ofertas de apps que los exponen, los exhiben, los alienta a dejar huellas indelebles en un espacio público de alta fidelidad respecto a la información que pervive. Al extremo de ser ellos quienes primero prueban plataformas y aplicaciones que van surgiendo con el riesgo que implica llegar hasta a ser usuarios de propuestas al estilo de FindFace, aplicación  para descubrir desde una foto quién es, qué hace, qué publica, dónde vive, etc. determinada persona; Wanderlust Scrapbook, como plataforma que registra multimedialmente y mantiene abierto al público, el mapa de todos los lugares que recorre un sujeto en sus visitas; con lujo de detalles; Tinder, aplicación para hallar pareja que está siendo accedida por la gente con mayor índice de baja autoestima; Apps de Salud, que proponen dietas y control cardíaco, por ejemplo, mientras hacen ejercicio físico, pero que para poder descargarlas, los usuarios deben ceder permisos de acceso a la geolocalización, al micrófono y cámara del celular, a la lista de contactos (entre otras condiciones más) aún cuando ninguna de estos detalles técnicos fueran determinantes para el funcionamiento de la aplicación; sin ir muy lejos ni ahondar demasiado en lo que usan habitualmente tenemos el caso de Spotify, una aplicación que les ofrece música en modalidad streeming, pero pagando el acceso con anuncios publicitarios. Y para ofrecer mejor servicio, con los gustos de cada uno, mapea los consumos identificando desde dónde accede cada cual. Son algunas muestras de cuánto de lo gratuito en la red se paga caro, puesto que el costo se mide con la cesión indeleble de datos sensibles que luego pueden ser comercializados sin tener idea exacta de qué se hará con dicha información.

Lejos asustarnos, esta información resultante debe alertarnos y alentarnos a construir puentes de acercamiento, involucrándonos activamente en esta nueva cultura de participación sin postularnos en conductas adolescentes. Somos adultos, y así nos necesitan. No se trata de ser como ellos, sino de estar cerca de ellos sin juzgarlos. No basta con irrumpir en sus muros para leerlos y castigarlos, sino que es necesario abrir diálogos de comprensión para reconvertir juntos la mirada y el proyecto hacia el futuro. Hacer nueva la melodía que exteriorizan, poniendo notas de advertencia y prudencia donde fluye habitualmente la inercia inconsciente. Fomentar valores. Ser testimonio de valores sociales. 

La teoría del PLE, la identidad digital y la autoformación: los nuevos desafíos de la educación. El fenómeno de la convergencia. Un apartado para pensar en los recuerdos, la memoria, el cerebro y los aprendizajes. Notar cómo usan las redes sociales para activar las respuestas que no desean lograr por sí mismos. Esfuerzo, perseverancia, tesón, reflexión, decisión, diálogo, creatividad: palabras que son más que palabras. Revisar la tutoría de los padres y los docentes frente a los nuevos desafíos de las apuestas virtuales que pretenden masificar, dominar y adormecer a nuestros adolescentes. ¿Pueden las neurociencias colaborar con sus aportes en la apertura de una ventana para la acción preventiva respecto a estos adolescentes que creen que ya saben todo? “Desde el momento en que nacemos, nos la pasamos aprendiendo. Así, procesamos información y construimos "esquemas mentales" del mundo para poder reflexionar, tomar decisiones y actuar. (…) nuestro cerebro se va esculpiendo, es decir, va cambiando tanto su estructura como su funcionamiento”(Manes, 2014) ¿Qué y cómo aprenden los adolescentes con el accionar vertiginoso de las redes sociales? ¿De qué manera estas maneras modernas de aprender consolidan un conocimiento de la persona para responder con una personalidad definida, sin necesidad de “copiar” patrones virtuales para ser, hacer, decir, sentir?

Estamos viviendo un proceso que en la última década agilizó inconmensurablemente el fenómeno de la convergencia que, básicamente, se moldea desde tres ambientes que sí afectan a los adolescentes, tomándolos como cautivos y consumidores natos de sus propias invenciones. Tecnología, economía y leyes cambiantes, provocando álgidos interenlaces, convergen en el hacer de los adolescentes permanentemente, pero casi sin tomar conciencia de ello. Las nuevas aplicaciones que descargan en modos “gratuitos”, pueden ser utilizadas en tanto y en cuanto puedan ser “interrumpidos” en frecuencias breves por anuncios publicitarios. Por un lado, aprenden a sortear estos lapsus casi sin leerlos, animando la paciencia para esperar el tiempo que les permita “omitir” dicho anuncio. Pero en el mientras tanto, los mismos anuncios les ofrecen otras aplicaciones con las cuales van conformando sus propias plataformas personales de aprendizaje (PLE). En el hacer y en el aprender a usar, generan recursos, van dejando huellas, consultan foros de especialistas, se equivocan, vuelven a empezar. Se la pasan aprendiendo. Se la pasan equivocándose. Se la pasan probando. Se la pasan mostrándose. Las fotos personales, las imágenes de grupo, los sentimientos, las broncas, las tareas que tienen que hacer para la escuela, los problemas en sus familias. Todo es insumo para interactuar con las mismas aplicaciones. Y de esta manera autoaprenden. Se gestionan. Se relacionan. Incluso trucando las imágenes o las situaciones que suben. Se están convirtiendo en expertos de la exploración intuitiva, el neo-plagio prosumidor y la producción colaborativa.

Muchos de los recuerdos que generan, no los almacenan en sus memorias. Para ello, cuentan con las memorias digitales. Incluso las memorias del Cloud. ¿Para qué hacer el esfuerzo de memorizar algo hermoso que vivieron, si lo inmortalizan en la red? Es más: saben que en un tiempo x, ciertamente breve, la misma red se los traerá a colación y quizás hasta animado, convirtiendo las fotos en mini películas con efectos de cine y música alegórica.  

El cerebro se expande. Cada día, pueden lograr más cosas. Lo digital es el medio que les permite producir. Pero la pregunta es de qué manera podemos hacerle frente, quizás en modo de “clase invertida”, al desafío de una formación integral; que estos adolescentes puedan aprovechar esas competencias que auto-lograron para consolidarse como personas intelectivas, activas, decididas, reflexivas, dialogadoras. Capaces de indagar y descubrir para poner en ruedo social una capacidad de investigación para el cambio, la innovación, la superación; sin anclar permanentemente en el consumo fascinado de nuevas herramientas que otros han creado. Googlear ya saben. Falta que les ayudemos a construir competencias académicas de inventivas como fortalezas de la co-creación de una sociedad que necesita vivir más allá de las luces de una pantalla y las apps funcionales.

Es necesario adentrarnos al terreno tecnológico digital de los adolescentes desde el foco de las neurociencias. Ayudarlos a construir esquemas mentales flexibles, pero contundentes, para moldear un futuro que les pertenezca y no heredar una vida determinada por el mercado. Porque mundo y mercado no son lo mismo. La vida que merecen vivir no es una oferta de mercado. Y acá radica otra de las confusiones principales. Muchos de los adolescentes están siendo convencidos de una verdad trucada: lo que muestra la red parece un decir unívoco. Ellos tienen que aprender a tomar distancia de tanta oferta; que el fenómeno de la convergencia sea un motivo de desafío, pero jamás el condicionante del hacer y del formarse como personas. En esta faceta, el compromiso del adulto tutor es indelegable. Padres y docentes debemos ser los referentes. “Esculpir el cerebro” suena como frase fuerte. Quizás podría suponerse una tarea de tallar a la persona considerándosela piedra inanimada. Pero la verdadera propuesta implica convertir el proceso en arte infinito. Esculpir es la metáfora que involucra tiempo, paciencia, tesón, amor, creatividad, belleza. Una ciencia para formar considerando todas las posibilidades de un eximio escultor, donde el sujeto de la creación también dialoga con el artista.

Inter ecos en red: verdades y mentiras, tinos y miserias, presente y futuro. ¿Cómo generar un constructo sólido, como conjunto de rasgos y cualidades potentes, que configuren una personalidad empática para poder interactuar en las redes sociales siendo persona y grupo, entidad emocional personal y diferente, con seguridad y control de emociones suficiente y pro-activa? Lo que están haciendo los adolescentes en la red no puede pasar desapercibido por los adultos. Una de las actividades que se les propuso a un grupo de cuarenta alumnos de quinto año de educación secundaria (marzo 2018) fue la lectura de imágenes. Desde las mismas redes que utilizan, se seleccionaron treinta imágenes; ninguna con ellos siendo parte, pero en todas hubieran podido ser parte. La tarea solicitada tuvo tres fases: la primera, leer los detalles de cada foto divididos en diez grupos. La segunda, buscar un mensaje y expresarlo, hipotetizar respecto a qué se percibe como mensaje emitido. La tercera parte, y generando debate a grupo completo, fue poner en teoría y reflexión lo que cada grupo leyó de las mismas imágenes.

El debate fue extraordinariamente álgido. Pocos grupos pudieron hacer lupa integral sobre detalles u objetos que suelen pasar desapercibidos. Con guía docente, en un segundo intento, se revisaron las fotos. Y las inducciones reflexivas ampliaron horizontes. Esto no sólo sirvió para detectar la necesidad de forjar vías de conocimiento y aprendizaje que profundicen operaciones cognitivas tales como observar, percibir, descubrir, comparar, imaginar, corroborar, hipotetizar, analogizar y analizar, sino que también nos permitió debatir con ellos respecto a esos contextos y paratextos de las publicaciones actuales. Esto supuso hacer análisis sobre los conceptos de verdad y mentira, falsedad y realidad, tino y miseria, presente y futuro. Porque también con sus publicaciones orquestan constructos y perfiles, en clave moda, que van tallando los rasgos y las cualidades de personas que, quizás, no quieren o no querrán ser. Un ejemplo: la empatía. Cara a cara, la tienen clara. Detrás de las pantallas, hasta los emoticones y los gestos con los dedos de las manos vuelven insulto y miseria la relación con lo que serán. Hoy parecen bromas. Pero se intuye a futuro un “no derecho” al olvido que sigue siendo vacío ético, legal, social. Forjar actitudes de seguridad y honestidad, de lo que son y desean, sin que ello suponga caer en la mentira forzada, la desidia ignominiosa,  el ultraje de la dignidad, el derroche de vanidad; que no se expongan a la imagen porque están aburridos: la peor manera de vencerse a sí mismos.  Urge insistir, tanto pedagógicamente como en el marco familiar, con los debates acerca de las expresiones en la red. El control de las emociones debe ser sólido y suficiente para poder lograr competencias de pro-actividad. Minimizar impulsos, gestar cautelas.

Lo que se  muestra, lo que se esconde. Lo que se ve, lo que se lee. Lo que se dice y lo que se infiere. Lo que se publica y es de acceso masivo. ¿Están preparados para un desafío titánico de cruces, entredichos, suposiciones, retruques, ofuscaciones, mentiras, verdades, pensamientos, emociones? En principio, según resultados cuantitativos por encuestas anónimas, la respuesta adecuada es negativa. No están preparados. Frente a las adversidades que sufren por y desde las redes, quedan con el sabor amargo de la desilusión, el enojo, la bronca, la insatisfacción, la sensación de abandono, el dolor de las pérdidas y los silencios, la interpretación errónea de los mensajes iconificados, la detección equivocada de una apuesta intersubjetiva. Este vaivén tsunámico de posteos espiralados influye en sus estados de ánimo, en las percepciones de sí mismo, en la configuración de la autoestima y la violencia/no violencia de las respuestas instantáneas; muchas veces pierden el sentido de la intervención original. Son tantos los mensajes de ida y vuelta, que incluso pierden el norte de la temática y el rigor de la confidencialidad en el grupo. Suelen equivocarse de grupos, incluso, cuando la instantaneidad puja con la racionalidad ¿Qué es lo que anima a cada adolescente a ser parte de una vidriera permanente con el ensayo de exposiciones que, exprofeso, aguardan/anhelan los comentarios sobre su imagen? ¿Cómo son los resabios de cada eco que se entreteje como recuerdo y emoción para consolidar rasgos de pertenencia y pertinencia? Las palabras más briosas en todas las grillas resultantes (encuestas anónimas) fueron: moda, aburrimiento, necesidad de halagos, sentirse parte, sentirse bellos, mostrarse, sonreír, fingir. Dan cuenta de cómo ensayan los modos en que están siendo estimulados, desde las apps, a ser partícipes de un mundo público y virtual que los perfila, en cierto modo, como deseosos de la aprobación, la pertenencia al mundo virtual y la identidad glocal que construyen juntos. Y los resabios del ir y venir digitalmente suelen ser emociones superpuestas, pero que les genera ansiedades y angustias. Sobre todo, si la imagen que han publicado ha sido especialmente ideada para impactar y no gusta según se indica en los pocos like que reciben.  

Luz, foco, espejo, cámara, pose y la persona en soledad. ¿Se aburren y por eso publican? ¿Se aman como Narciso y por eso se hacen públicos? ¿Qué espera de sí mismo y de los otros ese adolescente que se quita o se agrega ropa, articula su figura según se imagina y registra ese instante supuesto para compartirse en red? Según las encuestas y las charlas de las entrevistas, buscan notoriedad. Compiten por ello. Exploran para dar en la tecla con esos efectos sobre la imagen que los propague como exitosos, arriesgados, intrépidos, populares, líderes.


Esto genera desasosiego. Temen no estar a la altura de lo que otros publican. Y surfeando otros muros y perfiles, toman ideas para fomentar esa competencia que empieza como juego y que les quita horas de sueño, los arroja a un dormitorio de luces apagadas y les invita a tomar posiciones corporales poco saludables. Aparece el fenómeno del vamping. En el afán de continuar con las interacciones en la red extienden el día; la habitación del descanso se convierte, durante la noche y en las penumbras y el silencio de un hogar que ya ha finalizado la rutina, en un espacio para la búsqueda de la identidad, enfrentar miedos, fomentar los ánimos de éxitos, ensayar alternativas a los problemas comunicacionales con y desde las exigencias de los adultos, sobrellevar lo que consideran una sobrecarga de tareas escolares (y por eso el trabajo colaborado en vías de red). Mucho en la licuadora para el incipiente problema de luchar contra la baja autoestima o el ego desmedido, según regulen cada día el ranking del like personal recibido. Las alternativas tecnológicas, frente a esto, juegan un rol decisivo según sus propias interpretaciones. Según los diálogos y debates, las TIC favorecen en tanto y en cuanto tengan acompañamiento adulto que les ayuden a regular tiempos, alimentación, descanso, el ánimo resultante de disgustos y/o discordias; y puedan resolver los problemas de la interacción en ámbitos de confianza, verdad, amor propio y el deseo de ser con otros en justicia y amistad, ser aceptados, ser comprendidos.

El intrincado juego de amar, enojarse, solicitar amistad, negar amistad. Es un desafío que desgasta. Y la verdad descubierta/vertida en un chat solapado suele desnudar las miserias de las mentiras en ese ir y venir de comentarios convulsionados. Y el registro no se borra. Alguien queda dolido y en cualquier momento, arrojará la bomba a un nuevo chat, cuando menos se lo esperen. Y todo aquello que se dijo y no puede ser cambiado, afecta; no pueden sobrevivir los mecanismos de disfraces y falsedades orquestadas en los escenarios virtuales cuando la vida se vive con pares en encuentros de presencialidad y rutina ordinaria; esto debe fomentarse: el encuentro no mediado por TIC. Por eso, estos mismos adolescentes de la red, anhelan el encuentro de cuerpos, el abrazo, la mirada, la sonrisa en directo. Los mensajes multimediales suelen ser en verdad condimento y azúcar de la personalidad en ciernes. Pero siguen necesitando la fortaleza de la corporeidad para dimensionar en justa medida las posibles mentiras que se emitan para ganar aire en el combate exigido y exigente de conflictos con otros y consigo mismo mientras forman su personalidad en los mismos contextos donde otros están ejerciendo idénticos juegos de verdades manipuladas. El ocio temporal es una cosa. La vida virtual no puede quitarle el cuerpo a la vida misma.

CONCLUSIONES

Los adolescentes han aprendido a negociar con la imagen, con la palabra, con la oportunidad de ser parte. Se abocan a la aventura de lanzarse a una vorágine de publicaciones esperando un “me gusta”. Contabilizan intervenciones que otros emiten y esto les inmersiona en un proceso de angustia cuando no logran el número esperado. Los insultos de antes que hoy parecen mimos, porque de pronto un “tarado” equivale a un like. La marca de época resulta un fenómeno de virtualidad que los hace estar atentos al siempre y al nunca jamás. ¿Cómo acompañar a los adolescentes sin invadir intimidad para minimizar el riesgo de una soledad que los envalentona para decir desde una pantalla lo que jamás dirían cara a cara? ¿Cuáles son los riesgos de “dejar que se equivoquen” cuando lo expresado no son palabras al viento sino tinta indeleble en las redes sociales? ¿Cuánto de futuro con cuentas en ciernes deberán cargar estos adolescentes de hoy al momento de arribar a una adultez y/o profesionalidad desde la cual tampoco podrán eliminar lo que han dicho de sí mismos y de los demás? No se trató de trabajar sobre conceptos estereotipados de mentira, verdad, miseria. Se trata, durante todo el proceso, de valorar en dimensión de educación y afectividad sincera, aquello que están viviendo nuestros adolescentes para poder comprender y acompañar con amor este camino que, en muchos casos, presenta aristas de anarquía y desazón. Lo que experimentan, debe ser visado por adultos que los aman. Para poder establecer con ellos un diálogo comprensivo, es necesario primero entender las lógicas de sus interconectividades y el fundamento esencial de ser parte de estos grupos virtuales. Todo esto sin olvidar que nada de lo que ellos suben a la red, queda en el olvido. Las decisiones de los poderosos de los medios cambian cuándo y cómo quieren las reglas del juego. Y hasta plataformas prácticamente obsoletas como Facebook, en momentos reiterados, arma “recuerdos” de tus fotos y mensajes en formato video para volver a traerlos a tu memoria y a la memoria pública. Quizás, pensar en el derecho al olvido, no sea sólo una cuestión de leyes.

Sintetizando, y como para destacar, con los insumos recabados de los adolescentes encuestados y entrevistados se puede incubar una sinopsis interesante:

  • Rasgos destacados: hiperactivos, dependientes del celular, no miran televisión, descargan apps para probar permanentemente; de hábitos nocturnos, mantienen muchos grupos, utilizan varias alternativas de aplicaciones para la comunicación, construyen lenguajes propios, inmortalizan los instantes de disfrute que viven o imaginan; seguridad procedimental: conocen y aplican efectos y filtros para editar toda imagen que desean publicar. Adhieren con imaginación a versiones de historias de 24 horas de caducidad.
  • Para pensar en valores: valoran la amistad, la alegría; necesidad de disfrutar todo, mostrarse sonrientes; sentirse empoderados, negarse a la soledad, estar atentos, no dejar de responder; el derecho a enojarse; sensibilidad hacia el que sufre; vocabulario que se empobrece mientras iconografican la comunicación; algunas emociones exageradas o sin cauce; no todo es mentira. No consideran miseria ni violencia el uso de malas palabras. No son prudentes, no les preocupa el futuro. La constancia y la creatividad es impulsiva e intuitiva. Inteligencias emocionales en ciertos casos desperdiciada. No siempre valoran el descanso apropiado.
  • Focos de participación: públicos, principalmente, desde la imagen. La foto propia y de sus grupos. La imagen lograda después de una “producción” de belleza. Con vasos de alcohol, contexto de noche y de fiesta; el espejo como el paratexto clásico o perfecto. La red de preferencia es Instagram. Por privado, al interior de los grupos, el audio, la fotos y los emoticones son el contenido principal del bucle interactivo. Whatsapp es la aplicación favorita. No la silencian ni siquiera en las horas de escuela. Consolida el carácter intersubjetivo de la participación.   

Seamos adultos. La responsabilidad de la persona, la dignidad en juego, las emociones sanas y la inteligencia creciendo no admiten software de manipulación de imágenes. 

BIBLIOGRAFÍA

Ierardo, E. (2017) Sociedad Pantalla: Black Mirror y la Tecnodependencia. Buenos Aires, Argentina: Ediciones Continente.

Manes, F. – Niro, M. (2014). Usar el cerebro. Conocer nuestra mente para vivir mejor. Buenos Aires, Argentina: Editorial Planeta.

Orozco Gómez, G - Björn, M. – Noblia, B. Cordinador: Spiegel, A. (2007). Nuevas tecnologías, saberes, amores y violencias. Construcción de identidades dentro y fuera de la escuela. Buenos Aires, Argentina: Editorial Noveduc.

Villa Moral, M. – Suárez, C. (2016). Factores de riesgo en el uso problemático de Internet y del teléfono móvil en adolescentes españoles. Revista Iberoamericana de Psicología y Salud. Oviedo, España: Editorial Elsevier.