EL VÍNCULO EMOCIONAL. UN RECURSO EN EL AFRONTAMIENTO DE CONTEXTOS DE PRECARIEDAD

THE EMOTIONAL LINK. A RESOURCE IN THE COVERAGE OF PRECARITY CONTEXTS

sofia cervantes r.[1]

(mÉXICO)

sophiacr@iteso.mx

investigación



JUSTICIA SOCIAL Y DERECHOS HUMANOS


recibido: 01/12/2019

aprobado: 16/12/2019



INTRODUCCIÓN

En el encuentro con los demás se construyen los vínculos que caracterizan lo propiamente humano y cuya forja se encuentra desde el comienzo de la vida, sin embargo, estos son moldeados y reconfigurados en el diario vivir. La interacción con los demás y con el contexto es capital para la vida y su desarrollo, por lo que la fractura social que generan contextos de pobreza y violencia -como los que se viven actualmente en México- también es una fractura emocional que atenta el núcleo personal y reduce su potencial de transformación y desarrollo. El oscurecimiento de los constitutivos de lo propiamente humano impele a la participación en masa y a un desempeño involutivo y necrofílico, al decir de Fromm (1975); aunque la destructividad también se acompaña de fuertes emociones, pues la tracción a lo “muerto, decadente y puramente mecánico” (p. 8), es una emoción, o pasión, como le llama este autor. Cuando León-Vega (2012), se refiere a la situación tan extremadamente difícil que vivimos en nuestro país, subraya que, más que ser una situación crítica o límite, es un contexto de “desconsuelo, con todo lo que [esta emoción] evoca de dolor que no tiene alivio, de soledad que desbasta la vida personal y colectiva, material, personal y subjetiva” (p. 8). Como se señala, la vida en condiciones de precariedad detona una emocionalidad que permea todos los ámbitos y se manifiesta, sea en la destructividad que señala Fromm (1975), el desconsuelo que dice León-Vega (2012) o la esperanza que se hace presente “cuando median proyectos alternativos [pues es] precisamente en las condiciones de exclusión y precariedad, donde se despliega la visión de posibles mundos mejores y la puesta en acto de creativas estrategias de sobrevivencia y de agenciamiento”, como encuentran Gómez-Gómez y Cervantes-Rodríguez (2016, p. 244).

Los modos de vincularse de unos con otros y las emociones que los acompañan marcan diferenciales en los modos de afrontar los apuros, dilemas y compromisos de la vida personal y pública, de ahí que focalizar las emociones como procesos vinculares, abre resquicios para la investigación social y acercamientos a la vida en vulnerabilidad y escasez. Este trabajo tiene como objetivo investigar los saldos personales, en cuanto al potencial de afrontamiento y la injerencia de las emociones, de un grupo de personas asentadas en la orilla oriente de Guadalajara que fueron convocadas por religiosos a participar en un proyecto organizativo-comunitario en los años ochenta. Para dar cuenta ello, sustentamos que las emociones son procesos vinculares que reditúan en la potenciación de recursos para afrontar situaciones precarias y de conflicto, además de que arrojan comprensiones del entrelazado que conforman los vínculos interpersonales, la participación comunitaria y el contexto político-social; dimensiones profundamente constitutivas de lo humano.

Si bien, es en el encuentro con los demás y con los requerimientos del contexto como nos hacemos humanos, también es en este interjuego vincular donde se deconstruye y reconstruye la propia particularidad; el sello personal y social. De ahí la relevancia de recuperar la voz y la memoria de quienes participaron en un movimiento predominantemente comunitario, pero que no exentó el matiz político-social de una vehemente lucha por remontar un contexto calado por la precariedad y la violencia.  Cortés-Severino (2007), al abordar estas luchas plantea cuestiones pertinentes para nuestro trabajo: “¿por qué es importante hablar, escribir y pensar sobre la memoria? ¿Por qué esta es crucial dentro de las prácticas de la vida cotidiana para la creación de identidades y la construcción de futuro?” (p. 163); cuestionamientos, que, como toda pregunta, dejan entrever algunas respuestas. 

Tomar como eje de análisis el mundo emocional de los sujetos, no sólo se debe a la probada importancia que tienen las emociones en la vida social, sino también porque cualquier investigación que les deje de lado resulta incompleta. Otero-Bahamón (2006). exige a la investigación que se interese por aquello que lleva a los sujetos a la participación social en contextos adversos, pues comprender las motivaciones individuales y sociales de los actores y darles su lugar en la comprensión de los fenómenos de movilización, es de suma relevancia para el contexto latinoamericano. Pero esto no sería posible, añade Otero-Bahamón (2006), sin reconocer que, es justo allí, “donde las emociones han sido traídas de vuelta a la investigación en ciencias sociales de donde habían sido excluidas durante décadas y han sido útiles en el entendimiento de conceptos claves como marcos, identidades colectivas o redes sociales, y por supuesto, reclutamiento y participación (p. 175). La estrecha relación entre la vincularidad, las emociones, el posicionamiento del sujeto ante el mundo y el papel que juegan estas dimensiones en aquellos que no se acostumbran a la vida en escasez, es ciertamente, una prioridad en la investigación de la movilización comunitaria. Sin embargo, lo encontrado por la investigación, habrá de redituar en posibilidades para la mejora común, pues la labor investigativa no puede ser impulsada por el egocentrismo o la curiosidad de un investigador ni atender a racionalidades instrumentales. La búsqueda será por saberes “que otorguen visibilidad y credibilidad a las prácticas cognitivas de las clases, de los pueblos y de los grupos que han sido históricamente victimizados, explotados y exprimidos por el colonialismo y el capitalismo globales”, insiste De Sosa-Santos (2009, p. 12), a fin de comprender y hacer esfuerzos, desde cada uno, por abatir la desigualdad.

La legitimidad de la participación social no se negocia, no se mercantiliza, ni aun con los argumentos que denigran la lucha social viéndola atemorizante, pero, sobre todo, irracional; como si las emociones así lo fueran. También se ha de tener cuidado para no caer en una apología de la rebeldía o del movimiento de masas, pues, como señala León-Vega (2012), las emociones promueven el vínculo y no la complicidad interesada por un bien individual a costa de los demás. El bienestar colectivo, agrega esta autora, se caracteriza por “enfrentar el desconsuelo de una o muchas personas (…) el adjetivo social implica anudar lo individual y lo agrupado en una vocación nítidamente definida, a saber, la necesaria incardinación de los sentimientos y virtudes, su surgimiento y desarrollo junto-a, entre, con, para-los-demás” (p. 10); esto es, precisamente, lo que constituye el vínculo

En cualquier modalidad de participación, todos enfrentamos el reto de conjugar la vida individual con la pública sin menoscabo de alguna, pues esto complica el encuentro de cada cual con la decisión de “sacar lo mejor o lo peor [de cada uno], hacer que la agonía disminuya o se haga insoportable, aniquilar cualquier salida o convocar a nuevas fuerzas”, advierte León-Vega (2012, p. 9). El afrontamiento de contextos precarios y opresores es una tarea que reclama el acopio de los recursos y el capital personal, pero la exigencia es más alta, pues estas potencialidades han de orientarse al bien común y no sólo al individual, pues “cuando se está en situaciones desconsoladoras, hemos de remitirnos a nuestras propias capacidades, facultades y potencialidades. No podemos hacerlas a un lado, son nuestra ayuda” (León-Vega, 2012, p. 9-10); y del cúmulo de riquezas que nos han sido dadas resaltan las emociones. Fueron, precisamente las emociones, las que impulsaron a los habitantes de un remoto asentamiento (luego convertido en una colonia) que había sido despojado de los bienes y servicios a los que tenían derecho a pelear por su recuperación. Lo que estas gentes pusieron en juego fue más allá de lograr el alcantarillado, la pavimentación o la propiedad el terreno que pagaban -lo que ciertamente tenía prioridad-, pero la lucha incluyó la recuperación de la dignidad y el valor personal y comunitario. 

Sin embargo, también hemos de estar atentos para no sacralizar al sujeto popular y sus luchas, como lo advierte Gómez-Gómez (2011, p. 8), lo que exige extender la mirada hacia sus contradicciones, sombras, riesgos y reclamaciones. De esta manera, se pueden visibilizar los contrastes de las distintas pobrezas, pues “no todos los pobres son iguales [por lo que, hay que] poner el peso de la indagación en el movimiento, más que en las estructuras” (Gómez-Gómez, 2011, p. 8). De ahí la importancia de incluir en este estudio los rompimientos, desavenencias y oposiciones de aquellos que se involucraron en un movimiento alternativo que marcó la zona oriente de Guadalajara y su historia. Una advertencia más se suma al interés de dar voz a quienes han sido silenciados, pues la concepción de persona que tiene el investigador permea toda la labor y se inmiscuye, por lo general, de manera subrepticia y agazapada. Creer que alguien está impedido para emitir su voz sostiene opresiones, previene Chakravorty-Spivak (2003), puesto que cualquiera puede hablar por sí mismo, aunque su habla no sea reconocida por estructuras de dominación, pues de lo contrario, se coloca al sujeto como un “subalterno (p. 297); o sea, aquél que no sabe hablar ni lo que quiere. Sin embargo, aunque un lenguaje sea desacreditado, el sujeto social hablará físicamente con todo su cuerpo y con sus acciones. Esta desobediencia del orden es señalada por De Certeau (2000 en Cervantes-Rodríguez, 2017), pues, a pesar de que objetivaciones utilitaristas se esfuercen por convertir al hombre en un medio para su reproducción, es, precisamente, en lo instituido, donde surge con ímpetu “la práctica del desvío [y] el escamoteo” (p. 174). Así que, aun sin la legitimación de estructuras represivas y se niegue el derecho a una posición discursiva, estos, los llamados pobres, saben hablar y responder. La experiencia y reclamaciones de los habitantes de la zona dan cuenta de la ruptura de una vida destinada a la pobreza impulsada por empresarios, políticos y autoridades gubernamentales y religiosas. 

 

El auge del movimiento social-organizativo objeto de este estudio es conocido en la historia de la ciudad y también por aquellos quienes todavía son sentenciados a esperar, pues la espera “es una actividad cívica y la paciencia una virtud”, dicen Scribano y Lisbero (2010, p. 170). De esta manera, “espera, paciencia y derechos humanos son los componentes de los paisajes de la paz colonial” (p. 170); siempre con el provecho de unos cuantos.

En este preludio colocamos un trabajo que se inserta en la línea de investigación “las emociones y los procesos de vincularidad”, que desde el marco de la metodología cualitativa y el dispositivo biográfico-interpretativo, da cuenta de lo encontrado. Nuestra prioridad no es la doxa académica sino la experiencia de los actores sociales y visibilizar los recursos de afrontamiento empeñados, las dificultades y los logros, y con ello, abrir posibilidades para que otros ejerzan su derecho a pelear por el derecho a vivir mejor en este país. 

Una vez introducido el trabajo, la estructura se conforma de los siguientes acápites: 2. El contexto social-comunitario. 3. Un concepto de emociones … entre tantos. 4. Marco metodológico. 5. Tres núcleos de significación. 5.1. La pobreza en soledad. 5.2. El encuentro y la vida. 5.3 Levantar la cara para ir más allá. 6. Notas finales.

 

EL CONTEXTO SOCIAL-COMUNITARIO

Por los años ochenta, en la zona oriente de la ciudad de Guadalajara (México), se desencadenaron una serie de movimientos sociales y organizativos que trastocaron el orden institucional que los condenaba a vivir en un extenso cinturón de miseria, promovido en gran medida, por el arrasamiento que un sistema ferozmente capitalista hizo (y hace) de las labores agrícolas y del sostén de gran número de familias. La migración a la urbe capitalina no se hizo esperar, ni los problemas que le acompañaban y que ha sido ampliamente documentado por Gómez-Gómez (2015; 2011), particularmente, en lo que concierne a la movilización social y el despliegue del potencial personal y comunitario para remontar entornos de exclusión y marginación. Los retos y logros de estos movimientos dan luces a los que todavía se encuentran despojados, pero, sobre todo, capturados por un discurso oficialista abusivo y opresor. Para Gómez-Gómez (2015), los llamados pobres son “sujetos activos con capacidades y potencialidades para enfrentar la propia situación” (p. 16). 

La proliferación de asentamientos ilegales y la precaria condición de sus habitantes fue botín de empresarios que, en complicidad con el partido en el poder, autoridades gubernamentales y los vecinos comprados, buscaron un provecho económico, pero también político y religioso. Las arbitrariedades vividas fueron escenario propicio para la intervención de un grupo de sacerdotes misioneros que asumían la apuesta por los pobres y el apostolado de a pie, trasladando su “compromiso cristiano a un compromiso ciudadano” (Gómez-Gómez, 2015, p. 17); gracias a la implicación que tuvieron en la vida de estos pobladores, es que estos hicieron frente al atropello, y con ello, transformaron su vida y la de su “colonia”.

 

UN CONCEPTO DE EMOCIONES … ENTRE TANTOS

Las emociones constituyen la vida misma de los sujetos y dan cuenta de su ser y su estar en el mundo. Le dicen a uno mismo y a los demás quién se es y también informan de las cualidades del entorno, del vínculo social y de los modos de emerger y responder al mundo. 

La puerta de entrada para la comprensión de los sujetos y su contexto puede ser por cualquiera de sus constitutivos; el encuentro interpersonal, la emocionalidad y la interacción social. En este trabajo se focaliza la urdimbre que configuran estas tres expresiones que, antropológica y ontológicamente, caracterizan lo humano. Desde la antropología, reconocemos a un sujeto siempre sintiente, que “está afectivamente en el mundo”, como asevera Le Bretón (1998). Desde una perspectiva ontológica, las emociones dicen quiénes somos, lo que queremos, valoramos, deseamos, significamos, evaluamos, juzgamos y lo que preferimos o rehuimos. Para Merleau–Ponty (1957), el sujeto humano es “una continua dialéctica, piensa según su experiencia, forma sus categorías en contacto con su experiencia y modifica esta situación y esta experiencia por el sentido que encuentra en ellas” (p. 205). En tanto que Corres (2010, p. 45 en Arboleda, 2017), lo dice así: “Yo me percibo, me siento y me pienso, en función del mundo y de los otros” (p. 277); esto es, se existe en y a través de la relación emocional con la alteridad. 

El trabajo que presentamos se sostiene en una labor investigativa que reconoce el mundo emocional para la comprensión de los sujetos y del entorno social, como aseveran, Armon-Jones, (1986), Kemper (978), Enríquez-Rosas (2012; 2008), Hochschild (1979) y Le Bretón (1998), entre otros. Las emociones ofrecen comprensiones “no sólo sobre el carácter del otro, [de] su talante, y su relación conmigo, sino también sobre su relación con el mundo en general”, afirma Heller (1980, p. 73). Entender a los sujetos sociales es entender el mundo y son las emociones las que dan cuenta de ambos. Heller (1980), agrega que la expresión emocional revela la implicación que tienen las personas de cara al contexto social, donde estar implicado no es sólo una experiencia subjetiva, sino una postura social y también, agregamos, política; las emociones son política. La emoción siempre es información, comunicación de algo, en palabras de esta autora; “es siempre un signo que comporta [un] significado” (Heller, 1980, p. 72).

Para Le Bretón (1998), “las emociones no son estados absolutos, sustancias susceptibles de transponerse de un individuo y un grupo a otro; no son -o no son solamente- procesos fisiológicos cuyo secreto, se supone, posee el cuerpo. Son relaciones” (p. 9); afirmación con la que concordamos. Para este antropólogo las emociones son construcciones sociales y culturales que adquieren una tonalidad particular en la vida de cada uno, por lo que son punto de convocatoria entre el sujeto y el mundo.


Es en este escenario donde asentamos el estudio de una emocionalidad que es de naturaleza vincular, que promueve la simbólica del sujeto, sus manifestaciones y todo aquello que conforma su emergencia en el mundo. Sin embargo, dada la complejidad de la cuestión, es obligado declarar la postura propia en un territorio tan vasto como es el estudio de las emociones.

 

UNA PROPUESTA EN EL ESTUDIO DE LAS EMOCIONES

El concepto de emociones que se presenta incorpora el corpus de conocimiento del apartado anterior y agrega las construcciones que van lográndose en la línea de investigación aludida. La propuesta que se presenta considera dos planteamientos fundamentales; la epistemología de la complejidad de Najmanovich (2011) y la perspectiva junguiana de Hillman (2001; 1997). Desde lo primero se enfatiza la legitimidad de la subjetividad como “la forma peculiar que adopta el vínculo humano en cada uno de nosotros, es el espacio de libertad y de creatividad” (p. 52). Agrega esta autora, que la subjetividad se manifiesta personal y socialmente, pues no es posible encasillarla, y que su constitutivo fundamental son las “posibilidades emocionales” (p. 65). La emocionalidad, añade, “es un tipo de interacción, una modalidad vincular” (p. 65); de esta manera, la imbricación de la subjetividad, la emocionalidad y su manifestación en el mundo queda evidenciada.

En cuanto a la perspectiva junguiana o imaginal de Hillman (2001; 1997), las emociones constituyen el recurso más valioso que se tiene, pues gracias a estas se preserva la vida, además son mediaciones y regulaciones del vínculo social que conllevan una enorme potencialidad cognitiva pues conforman procesos de análisis, evaluación y valoración, entre otros. Gracias a las emociones cualificamos y significamos el mundo, por lo que son intrínsecamente transformadoras, y por ello, promueven el desarrollo personal y social.  Las emociones implican siempre a los demás y a lo demás, son modos para responder a un mundo, que es antes que todo, la incesante interpelación que nos da la experiencia de estar vivos. A partir de estos marcos, es que arribamos a una noción de emociones como la resonancia que se manifiesta mediante gestualidades, mímica y corporeidad que emergen en lo vivido. Las emociones son procesos vinculares y comportamentales de un sujeto nutrido de sensibilidad que se expresan en términos de sentido, significado, valoraciones y mediaciones de y en las prácticas y los procesos sociales que se particularizan y que, debido a su potencial de convocatoria, inciden en la vida pública. 

Debido a la complejidad de entender y conceptualizar a las emociones se opta por una perspectiva interdisciplinar, entendida como el diálogo entre diversas disciplinas que trastoca sus fronteras al tiempo que las enriquece. Se rebasa así una concepción de emociones como algo íntimo de lo que sólo el sujeto puede dar cuenta, pues, al constituirse como procesos vinculares, son inseparables del tejido social.

 

MARCO METODOLÓGICO

La investigación se inscribe en un el marco de la metodología cualitativa y del recurso biográfico-interpretativo de la narrativa mediante un proceso circular que entrelaza observaciones, entrevistas, la propia participación y la reflexión teórica, por lo que el producto final es una construcción que incorpora la manera como el investigador y el sujeto investigado interpretan el mundo y a sí mismos. Es, a partir del entretejido de la narrativa individual con el entorno social, que se presentan los hallazgos de la investigación. La episteme que sustenta el trabajo es que el mundo es reconstruido por los sujetos a partir de su historia y la memoria y narrativa que se construyen; lo que permite el acercamiento a sus interpretaciones y sentidos de vida. 

 

OBJETIVO GENERAL 

Dar cuenta de los saldos personales y sociales, en cuanto al potencial de afrontamiento y la injerencia de las emociones, de un grupo de personas en un contexto de pobreza y violencia que participaron en un proyecto organizativo-comunitario en la orilla oriente de Guadalajara en los años ochenta. 

 

OBJETIVO PARTICULAR

Visibilizar los recursos sociales y emocionales de afrontamiento del grupo de estudio, sus dificultades y logros. 

 

EL DISPOSITIVO BIOGRÁFICO-INTERPRETATIVO DE LA NARRATIVA

La relevancia del enfoque biográfico-narrativo no radica sólo en la visibilidad que da a los sujetos, a su manifestación discursiva y a la memoria individual y colectiva, sino porque atiende “la complejidad y diversidad que ha ido adquiriendo el mundo social, el que ha ido demandando metodologías pertinentes para estudiar y comprender cierto tipo de fenómenos sociales”, al decir de Cornejo, Besoain y Mendoza (2011, p. 2). Es importante agregar, que si bien, no existe un método perfecto, se habrá de elegir aquél que se considere pertinente y en nuestro caso, los siguientes planteamientos de la investigación cualitativa concuerdan con el interés del trabajo: 

La  investigación social cualitativa ha ido materializando el interés contemporáneo por temáticas del sujeto y de lo subjetivo como objetos de estudio científico. La investigación asume entonces la palabra como un evento dialógico, contextual y situado, donde ocurre el significado y donde es posible construir conocimiento. Así, el encuentro entre investigador e investigado es considerado como el lugar a partir del cual es posible construir este conocimiento (Cornejo et, al., 2011, p. 1).

Desde este recuadro, el análisis de la narrativa resulta oportuno para identificar y aprehender los sentidos y significados en torno a la manifestación discursiva de un grupo de personas en un momento dado; cuando rompieron la normatividad de diversas instituciones oficialistas. El marco biográfico es entendido “como la investigación que se ocupa de todo tipo de fuentes que aportan información de tipo personal y que sirven para documentar una vida, un acontecimiento o una situación social [que] hace inteligible el lado personal y recóndito de la vida, de la experiencia, del conocimiento” (Bolívar y Domingo, 2006, p. 4). Refrendamos, pues, nuestro interés por “el sujeto y en lo subjetivo; deteniéndonos en la conceptualización de la palabra como lugar dónde se construye el significado y dónde deviene la realidad social” (p. 3).

También se asumen las advertencias que hace Bourdieu (2007), en cuanto a “la ilusión biográfica” (p. 7), pues, a fin de remontar una construcción de tipo novelesca habrán de tenerse presentes las prohibiciones, sanciones, recompensas y legitimaciones involucradas en un “habitus” (p. 81), es decir, aquellas leyes que 

Rigen la producción de discursos (…) esta forma particular de expresión que es el discurso sobre uno mismo pues el relato y la vida variarán [dado que] la propia situación de investigación contribuye inevitablemente a determinar la forma y el contenido del discurso obtenido según la calidad social del mercado en el que será ofrecido (p. 81). 

Por ello resulta obligado considerar el contexto de la investigación, del investigador y de los entrevistados, pues esta labor, entendida como “una representación privada de la propia vida implica unas coerciones y unas censuras específicas añadidas” (p. 81). 

El análisis de las narrativas se inicia con la identificación de “temas y patrones clave”, como señalan Coffey y Atkinson (2003, p. 31). Mediante un trazo deductivo identificamos tres núcleos de significación, que, además de sustentar el análisis hermenéutico-interpretativo, organizan los hallazgos. Reiteramos el valor de la narrativa del sujeto de la investigación “como estrategia para recuperar la existencia subjetiva y actualizar la realidad combinando temporalidades discontinuas y espacios en una trama” (Lara-Salcedo, 2010, p. 360).

 

TRES NÚCLEOS DE SIGNIFICACIÓN

La complejidad de la vida social rebasa etiquetas, categorías y conceptos definitorios, por lo que nuestra aspiración es prudente, y a lo sumo, alcanza algunas aristas del prisma multidimensional que conforma la socialidad. En este trabajo se dejaron ver tres ejes articuladores que denominamos núcleos de significación: la pobreza en soledad; el encuentro y la vida; levantar la cara para ir más allá.

 

LA POBREZA EN SOLEDAD

Las posibilidades de mejorar la vida diaria en el asentamiento eran lejanas y el horizonte pintaba precariedad; la pobreza resultaba peor de la que se rehuía y su acechanza no disminuyó con el abandono del hogar donde se había nacido y crecido ni con la llegada a la orilla de la ciudad. Una de las mujeres, a quien llamamos “Doña Lupe”, lo dice así: 

“Yo llegue a en el 70, este, a hacer ladrillo, hacer ladrillo, este, mi esposo que entonces vivía conmigo, llego hacer ladrillo y nosotros llegamos sin casa, sin techo, sin nada; desde entonces estamos aquí. Llegamos a un lugar, a un campo de ladrillo y que hicimos un cuarto de ladrillo, cocido, digo crudo, con láminas de cartón y ahí vivimos un buen tiempo”. 

Mientras que otra mujer que habitó el lugar menciona; 

“Pasaba  el canal, que, que era de donde sacaban el agua para hacer el ladrillo, pero luego, ya, luego era un arroyito, pero cuando las lluvias, pasaba sucio, pasaba porquería y media por allí”.

En la zona había una ladrillera (lugar donde se hacía ladrillo y se quemaba), que, aunque contaminaba por un polvo fino y el humo, ofrecía trabajo y un precario sustento a las familias. Este tipo de ocupaciones son consideradas por Adler de Lomnitz (2003), como marginadas, pues son “no calificadas y evaluadas en el mercado laboral” (p. 16), cuyo común denominador es que dejan a las personas con una severa “falta de seguridad” (p. 16) personal y social. La afectación económica resultante es vital y también abarca la vida social por completo; en este lugar se delataba una pobreza que no se limitaba a lo monetario. La vida transcurre y se escurre por todos los rincones, por lo que, a las restringidas condiciones materiales se les aparejó la soledad; así lo dice “Doña Carmen”:

“Yo me sentía tan desmotivada en ese tiempo porque no me gustaba la vida que llevaba, la vida que llevaba, para mí, era muy dolorosa, en la total pobreza, miseria. 

En tanto que “Doña Lupe” menciona; 

“Yo, yo vivía en una soledad total, no tenía a nadie conmigo y vivía muy mal”.

Los contextos de marginalidad y las “carencias y ausencias potenciadas por la falta de seguridad económica evocan sentimientos de impotencia, de abandono y soledad”, encuentra Ramírez-García (2013, p. 103). La soledad suele aparejarse con el aislamiento social y con la escasez del intercambio familiar y social, pero, sobre todo, con la ausencia de vínculos emocionalmente significativos. En el asentamiento de la ladrillera la vivencia de “Doña Lupe” es de soledad, aunque estaba con su marido. El aislamiento social devela “el deterioro del tejido social y los procesos de desafiliación social que experimentan muchos individuos y familias en este tipo de asentamientos (…)  que parecen estar más cercanos a esa zona fronteriza de riesgo, soledad y vacío social”, encuentra Enríquez-Rosas (2000, p. 68). A estas condiciones de vida se sumaba que lo vecinos no hacían vecindario, pues no contaban con una red familiar o de parentesco que les ayudara a disminuir su aislamiento y como “la gran mayoría de las familias que residen en este tipo de asentamientos, vienen de diferentes municipios y colonias; pocas de ellas entretejieron sus vínculos anteriormente” (Enríquez-Rosas, 2000, p. 67).

Gómez-Gómez y Zohn-Muldoon (2015), diferencian calidad de vida y bienestar, donde “lo primero resulta insuficiente para dar cuenta del segundo” (p. 97). Como vemos en la narrativa de “Doña Lupe”, ella refiere la precariedad en que vivía, pero también da lugar a su soledad y la falta de un vínculo significativo. Para Giletti (2006 en Gómez-Gómez, 2011), “la soledad significa exclusión, volverse transparente, significa no ser considerado por quienes nos rodean, no ser ayudados por quienes pueden hacerlo” (p. 112-113). Pero, los considerados ciudadanos de segunda no son tan pobres, pueden contar con creativas estrategias de sobrevivencia y con el potencial para establecer “redes de intercambio entre (…) vecinos [y] estas redes representan el mecanismo socioeconómico que viene a suplir la falta de seguridad social”, dice Adler de Lomnitz (2003, p. 26). La soledad y el malestar de vida de los habitantes del arenero y la ladrillera tenían, a pesar de todo, la posibilidad de mejorar; cuando menos y cuando mucho, en lo que respecta a su soledad.

Cuando Adler de Lomnitz (2003), analiza las vicisitudes  de  grupos  que  viven  en la marginación, -excluidos de los bienes sociales a los que tienen derecho- encuentra que no son las dádivas gubernamentales las que mejoran su supervivencia, sino uno de los recursos que posee el marginado: “sus recursos sociales” (p. 26); sin estos recursos se puede vivir rodeado de otros que se van acomodando, lo que acrecienta la pobreza en soledad. Dieterlen (2003 en Gómez-Gómez, 2011), señala, que si bien, “ser pobre significa no tener determinados recursos económicos, muchas veces también significa carecer de (…) autoestima o respeto propio” (p. 51). Así vista la pobreza, puede significar no tener, pero también, y más acuciante, es no tener-se y vivir-se en la imposibilidad. Enríquez-Rosas (2008), encuentra que “hay una extrema carencia de redes de apoyo y solidaridad entre vecinos, parientes y amigos, característica exaltada en diversas investigaciones como estrategia fundamental de sobrevivencia” (p. 63). 

El recurso vital llegó a la colonia con la presencia de un pequeño grupo de religiosos que empezaron a construir puentes entre los avecindados, lo que les cambió la vida; 

“Pero entonces una vecina me inspiro para que me metiera en los grupos. Me metí, nos metimos, y luego en la lucha por todos, y esto ya fue en el ochenta, de antes estuve, como, seis o siete años mal”

Uno de los saldos de la experiencia, a 30 años de distancia, revela la clara diferencia de quien se coloca como espectador de la vida propia y ajena, y quien asume la primera y se implica con los demás; cuestiones que establecen una diferencia entre ser pobre y no serlo aun viviendo pobreza. La presencia del extranjero, si bien, puede ser amenazadora a la comunidad, la discontinuidad que representa es un resquicio por donde puede deslizarse la vida. 

EL ENCUENTRO Y LA VIDA

Las emociones guardan un lugar capital en la existencia, son constitutivas de lo humano y del vínculo social y para Fromm (1975), 

Transforman al hombre de mero objeto en protagonista, en un ser que, a pesar de enormes dificultades trata de hacer que la vida tenga sentido. Necesita ser su propio creador, transformar su estado de ente inacabado en alguien con finalidades y propósitos que le permitan cierto grado de integración (p. 10). 

Una vez llegada la relación que provee apoyo y cierto amparo a los que vivían como “Doña Chole”, se da una transformación que se manifiesta en el derecho a reclamar; ella lo hace desde su fe;

“Y entonces fue en ese momento que yo le dirigí la voz a mi padre Dios, y, y me escucho, y entonces, ya cambio mi vida”. “Entonces fue por eso te digo que de ahí la vida Dios nuestro señor cambio mi vida (…)  me enseñaron a valerme, a amarme a mí y después darle todo el amor del mundo a los niños, a los hijos que tenía y a la gente que se acercara a mí”.

Cuando se apela a un poder más allá de lo humano resurge la esperanza, una emoción que posibilita lo que parecía inalcanzable, y con ello, impulsa el esfuerzo por conseguirlo, dice Laín-Entralgo (1962). Para Fromm (1975), la llegada de vínculos significativos a la vida de “Doña Chole”, “Doña Lupe”, y de tantas otras Lupes, Carmen y Choles, significaba la satisfacción de una de las necesidades existenciales; la experiencia de relación y de comunidad.  Gómez-Gómez (2011), encuentra que existen hogares que son pobres “en tierra o pobres en capital humano o en capital social, o pobres sin acceso a los recursos comunes o sin salud” (p. 144), por lo que hay de pobres a pobres, siendo una de las mayores pobrezas la que se adopta como estigma y que deja en la impotencia y la derrota. 

Los habitantes de la colonia aprendieron junto con los que llegaron (los religiosos de a pie) que la pobreza la declararon otros, los que no estaban ni vivían en el arenero, los que “sólo venían cuando querían algo”, y que era admisible un sentido identitario distinto, otra definición propia y las maneras de desplegarlo. A la señora “Chole”, entre otras, esto se le quedó en la memoria; que nos decían

“Que somos muy ricos y que, yo no sé, yo lo que si se, es que en su experiencia de, de, religiosidad (..), son comprensivos, son humanos, o sea, yo nunca les he escuchado que repudien a nadie porque es un pecador”. 

Sentirse alguien digno de consideración constituye un artilugio contra la pobreza. Lienhard (2006 en Gómez-Gómez, 2011), refrenda que “la escasez de los recursos materiales no define la pobreza, sino que ésta es más un sentimiento de abandono y orfandad” (p. 144).


La incipiente red social que se fraguaba entre los vecinos y con los religiosos marcaba el inicio de otra manera de vivir la vida de aquellos que estaban en la orilla oriente de la ciudad. La red social, dice Enríquez-Rosas (2000), “puede ser definida como la suma de todas las relaciones que un sujeto percibe como significativas o define como diferenciadas de la masa anónima de la sociedad” (p. 42). Los habitantes, entonces hicieron vecindario, es decir, dejaron de ser anónimos unos para otros gracias a unos cuantos religiosos que, abierta y francamente, desacataban la institucionalización de la carestía y la marginación, y con ello, daban paso a la esperanza de una vida mejor; la esperanza es una de las emociones que generan mayor contagio (Cervantes-Rodríguez, 2014), al igual que el miedo. 

El movimiento que emergía no tardó en expandirse y los que atendieron la convocatoria fueron construyendo, cada vez más una comunidad, o sea, formas “de relación caracterizadas por (…) intimidad personal, profundidad emocional, compromiso moral, cohesión social y continuidad en el tiempo”, según Torres-Carrillo (2002). El puñado de personas, antes separadas, se contagiaron de las emociones que se entrometieron en la vida del vecindario; en palabras de una mujer a la que llamamos “Chelo”:

“Era un entusiasmo y un gozo de salir juntos, uno llevaba una cazuelita de rajas y otro una cazuelita de arroz, y todo se pone en común y decían, ya saben, pues cada quien lleva lo que puede y se comparte y nadie se queda con hambre”. 

En tanto que “Lala” recuerda que lo importante

Son  las experiencias de amistades, de convivencia, de, de una hermandad muy bonita entre todos (…)  aunque no lo diga uno, lo siente uno aquí”.

 

Cuando los habitantes de la zona participaron en la mejora de sus vidas se fueron alejando de la pobreza como identidad. Las redes sociales de los que coinciden en un espacio, geografía e historia, conforman un capital que les ha sido dado por naturaleza, y por ello, nadie les puede arrebatar, a lo sumo, sólo manosear, pues depende de uno mismo. Para Adler de Lomnitz (2003), el “intercambio recíproco entre iguales [es] una respuesta evolutiva, plenamente vital y vigente a las condiciones extremas de la vida marginada” (p. 12). La riqueza y la pobreza pueden estimarse entonces, en las posibilidades de relación que se tienen, en cómo se ponen o no en juego y las maneras de jugarlas en el tablero social; en este escenario, el más grande valor de intercambio son las emociones. “Juan” lo dice de esta manera; 

“Aaaa!! … las experiencias más importantes eran nuestra convivencia (…), sentir el gozo y la emoción de que otras gentes que pensaban y actuaban igual y venia la ilusión de que quizá el país cambiara, porque, ya entre mucha gente, pues, obvio”

Para cerrar, las palabras de Torres-Carrillo (2012); “la efervescente complejidad de lo social siempre desborda los ordenamientos que los Estados y las ciencias sociales han creado para explicarlo y controlarlo” (p. 2); inicial y finalmente, la vida se juega en el encuentro con quien es distinto a uno mismo. 

LEVANTAR LA CARA PARA IR MÁS ALLÁ

En cualquier manifestación de la existencia, cuando se cumplen las necesidades que Fromm (1975), denomina existenciales, se desarman la lucha y los esfuerzos comprometidos para su satisfacción, dando lugar a la manifestación de las potencialidades personales y sociales, lo que es corroborado por diversas indagaciones (Adler de Lomnitz, 2003: Cervantes-Rodríguez, 2014: Enríquez-Rosas, 2012, 2008, 2000: Fromm, 1975: Gómez-Gómez, 2015, 2011: Gómez-Gómez y Cervantes-Rodríguez, 2016). Ello hace plausible que se detone la inquietud por retomar el derecho a ser y a existir y se trastoque el orden instrumental impuesto, para recrear nuevas formas societales, se escriba de una manera sui generis la propia biografía, se asuman los riesgos como utopía y se transformen “instituciones de protección social por nuevas formas de institucionalización alternativas en la pelea por las representaciones legítimas” (Gómez-Gómez, 2015, p. 9). En el caso que nos ocupa, la interacción que fue promovida y mediada por una emocionalidad compartida fue remplazando la soledad que vivían los que se asentaron en la ladrillera y el arenero, lo que proveyó de satisfacción una de las necesidades existenciales que promueven la productividad y la disminución de la destructividad; la fraternidad (Fromm, 1975).  La señora “Luz” así lo dijo; 

“Entonces yo le pedí a Dios el milagro de, de encontrar su camino y me lo dio, tan grande tan amplio, que cambio mi vida (…), definitivamente, ellos [los religiosos] llegaron a mi vida, este, ellos y me impulsaron a lo espiritual, a lo político y a lo social, a todo lo que es un trabajo en conjunto. 

Fueron varios los momentos en la vida de esta mujer donde se hizo patente el gozo de vivirse digna de ser tomada en cuenta, de contar con la mirada y los oídos de quienes le reconocían por el solo hecho de ser; vivencias que, en ella, y en otros tantos, tallaron ranuras por donde se escurrió una vida distinta de la que les había sido diseñala. Sin embargo, aun cuando se tienen evidencias de los cambios que se dieron en la comunidad, estos no son estáticos, unívocos y mucho menos, idílicos, pues dejar de lado las complejidades, conflictos y contradicciones que admiten, también es dejar de lado sus significados, simbolizaciones y las construcciones que se van haciendo. Zemelman-Merino (2010), advierte que los procesos sociales son “construcciones que se van dando al compás de la capacidad de despliegue de los sujetos, los cuales establecen entre sí relaciones de dependencia recíproca según el contexto histórico” (p. 26). Por ello, reafirmamos la importancia del contexto histórico-social en la transformación de la vida de los pobladores de un asentamiento al que, como ganancia de las luchas emprendidas, se le otorgó la categoría de una colonia o fraccionamiento, y de esta manera, la posibilidad de acceder a servicios públicos. Lo cierto es que la vida de la señora “Licha” cambió:

“Mira, ahora pienso que si no vas a misa no es pecado mortal, o sea, esto no es cierto, porque nuestra relación con Dios no necesita cuatro paredes. Nuestra relación con Dios debe de ser de misa diaria pero ¡aquí, en el corazón!”.

El establecimiento de vínculos desencadena diferentes procesos y procesamientos sociales; algunos de estos quedan en la memoria de “Mary”; 

“Veíamos dentro de una oración todos los conflictos que había alrededor nuestro, pensábamos cómo podíamos hacer algo. Por eso ya, cuando, cuando, discerníamos qué era lo que estaba más fuerte, qué tenía prioridad, y pues, ya le hacíamos la lucha por irlo, como … por ejemplo, veíamos mucho la pobreza de la gente, entonces procurábamos llegar con la gente, a este, ofrecerles nuestro apoyo”. 

O lo que la señora “Luz” refiere con ímpetu;

“Eso es lo que Dios quiere, no podemos recibir de Dios todos los dones y quedarnos con ellos aquí apretados, tenemos que compartirlos con los demás, de cómo tu puedas, como tú eres, hasta donde tú alcances, pero los tienes que cumplir”

Godelier (1998, p. 23 en Enríquez-Rosas, 2000), refiere “las formas que adquiere el intercambio en grupos socioculturales específicos [y] centra su atención en esa triple relación que implica el dar, el recibir y el devolver” (p. 38); este intercambio triangular fue revelado por la voz de otras mujeres que “se quedaban a trabajar”. El cuestionamiento que hace Godelier (1998, p. 38-39 en Enríquez-Rosas, 2000), resulta pertinente; “¿Qué es lo que hace que, en sociedades, épocas y contextos tan diferentes, los individuos y/o los grupos se sientan obligados, no solamente a donar o, cuando se les dona (…), también se sientan obligados, cuando han recibido, a devolver lo que se les ha donado, y a devolver, ya sea la misma cosa (o su equivalente), ya sea alguna cosa mayor o mejor?” (pp. 38-39). Las respuestas a esto son difíciles de encontrar, más, el sentido de estas interrogantes impregna la voz de “Mary” y de “Doña Lupe”; 

“Dios me inspiro a meternos en esa lucha del pozo arenero, que duro tres años, en donde fuimos perseguidos, amenazados este, tratar de comprarme a mí y pues logramos, logramos mucho (…), pero resulta que estábamos como cincuenta familias aquí y nos querían reubicar en un pedazo bien pequeño y, y aparte, no nos daba esperanzas de nada simplemente nos querían sacar. Pero no nos sacaron, nos, nos unimos fuertemente (…). teníamos música, era liberadora, ya nos metía, se nos metía a la cabeza y al corazón y pensábamos que ¡no nos importaba morir!”

Las emociones tienen un notable poder político, desempeñan un papel decisivo en la regulación de la vida social, impulsan iniciativas, intervenciones, acciones y movimientos sociales, los conducen por determinados caminos y también les censuran otros” (Cervantes-Rodríguez, 2014, p. 34). “Doña Lupe” lo dice así; 

“Yo creo que el día que, fíjate bien lo que te voy a decir, que a lo mejor hasta me meten al bote por esto (…) ¡el día que nos dejemos evangelizar así, nuestra vida y nuestro mundo van a cambiar!”. 

Por su parte, “Lucia” dice; 

“Mi relación con mi esposo fue otra, él jamás acepto mi cambio, quería que yo siguiera siendo la mujer a la que llegaba, golpeaba, le daba de comer, celaba, todo eso”.

A más de 30 años de distancia la memoria y el olvido se conjugan, y para algunas de las jóvenes y mujeres que compartieron una experiencia de transformación personal y social, que, aunque se agotó ante el empuje de los intereses capitalistas, no se extinguió de su memoria ni de su historia; para “Doña Lupe” sigue vigente; 

“Nos estamos reuniendo cada tres meses porque la realidad es que queremos no soltar ese, esa célula, y al mismo tiempo y compartir lo que hicimos, y definitivamente, hacer, este, un trabajo que vaya a beneficio de la gente (…). Apoyar a la gente de escasos recursos, un proyecto donde exista, para personas de la tercera edad, para madres solteras y gente así necesitada (…) es la ilusión de “Mago” y la mía”

Estos relatos, como muchos otros, son valiosos, y no sólo porque presentan una secuencia y los quiebres de la vida, sino porque “son la mejor forma que tenemos para estructurar la vida y por ende, nuestra identidad” (Lara–Salcedo, 2010, p. 360); una identidad que en “Juan” se va consolidando con el paso de los años;

“Pero, yo pienso que hay que ser, bueno, bien astutos, si no se puede ahorita, no se puede ahorita, pero ya veremos cuando”

 


Lo anterior no es compartido por “Mary” al referirse al movimiento que, finalmente, se agotó; 

“Mira, lo que paso es que de verdad somos gente muy comodina, queremos que otros lo hagan y si se van nos sentimos mal y eso es a nivel de todas las cosas”

 

NOTAS FINALES

El recorrido por los linderos de la indagación me permitió aprehender algunos momentos en la vida de los que colaboraron con este trabajo y a quienes externo un gran agradecimiento. Las comprensiones emanadas del trabajo de campo no se agotan con el tiempo, son una veta que enriquece producciones como la que aquí se presenta. La emocionalidad que recubre los vínculos -no necesariamente cualquier interacción social-, constituye un invaluable recurso para remontar pobrezas como las vividas en la orilla de la ciudad hace más de tres décadas, y que, lamentablemente, aparecen nuevamente de manera recrudecida. La experiencia de quienes colaboraron pone de manifiesto que, a pesar de las limitantes y los obstáculos, y aun apenas con el sustento básico para la sobrevivencia, vivir en una marginación era sobre llevadero, no así, cuando a esto se sumaba la soledad, pues entonces se hacía difícil romper el cerco que aprisionaba la vida, y con ello, se daba albergue a la destructividad. La pobreza no es una condición que se remonta con un ingreso de tipo económico, la pobreza más feroz es de índole personal y social. 

Las evidencias de la investigación apuntan a una riqueza que pocas veces se visibiliza, a un capital que nos ha sido dado sólo por existir; el vínculo emocional que hace significativo vivir. Reconocer el poder que se tiene como sujeto y como comunidad, “disminuye la desesperanza, la incertidumbre, la inseguridad y la desprotección”, reitera Gómez-Gómez (2011, p. 290). La sobrevivencia en el aislamiento se torna despiadada y destructiva, la batalla por la vida se pierde al alejar las oportunidades de ayuda, soporte y apoyo que pueden brindar los que se encuentran alrededor; aunque cueste trabajo encontrarlos. 

El movimiento estudiado también presentó limitaciones, una de las más importantes fue que el destierro de los religiosos de a pie, fue difícil de superar para algunos y no pudieron seguir por sí mismos. Para otros, como “Doña Lupe, “Mago” y “Juan” (por mencionar algunos), la vida es y sigue siendo mejor aún con sus penurias; los logros de los que dan cuenta ofrecen esperanza a quienes quieran tomarla. 

La experiencia compartida por este grupo de personas que carecían de lo elemental es evidencia irrefutable de que es posible vivir de mejor manera cuando se apela al capital emocional y relacional que todos tenemos, aunque la vida, por definición, no es garantía y sólo posibilidad. Las palabras de Fromm (1975), de hace casi cincuenta años aún siguen vigentes: 

El hombre sufre gravemente cuando se ve reducido al nivel de una máquina de alimentar o engendrar, aunque tenga todas las seguridades que quiera (…) ansía lo dramático y emocionante, cuando no puede hallar satisfacción en un nivel superior, crea para sí el drama de la destrucción (p. 10). 

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nota al final de la página

[1]. Doctora. Profesora y colaboradora de investigación del Departamento de Psicología, Educación y Salud del Instituto Tecnológico de Estudios Superiores (ITESO). Universidad Jesuita de Guadalajara.